Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
FiCSJFfAS a U l J O T E E C C l L U S C I M I D A uii x h a y en d imiinlo fine so pueü. i ¡iiabar c uc Itü p e n e t r a d o y sabirlo el confuso jiensíLniieiilo V c. mJi. nóu nmci. ible di? u n a niuitr Con estns paUíUras cnniL- nt ¿E t i fíiiecso ck- í, nsciiidii. la enamorada, de su a m a n t e Carííenin, Ui? Dorotea y le sn mjnsli forj anor Duu i- ernandon eí a n t o r d e JÍ- W Qutjníf. Y en efecto, Litscinda l a e n a m o r a d a es un pcriíonaje í ui: y niis pnirece enigínátieo 3 borroso, pero i ¡ue en Ta sootcdad por Cervantes conocida L- xistió, v cnrno ella liul: o otras niUfliari, Scrá demasiada osarlia afirmar que la h a y a ú n en la H. pafia d d sij- Io XK? Lnscinda era Tiennnsa, pero u o rica, íse e n a m o r ó de Cardenk se apasionó vivamente, Tiundanieiite por el. Cordobeses eran ambos, seííiin st- trriílnce d e su historian V el caballero Cárdenlo bien t e da á enten ii: r v ue era d e los Cárdenas d e ai fuella jiro vinel a, y el d n j n e Kicardo. á cuyo hijo he; undo, IX F e r n a n d o fnc á servir ó á a c o m p a ñ a r Cardenio, fné no Cr. inde d e Eíípafia d e los m á s ricos d e Andalncía: uii r ó r e z d e Gn mán? nu í m ír nL- de liíSera? iin MEHjdéínr? nn H u r l a d o de M e n d o a í UnK n salid Al ínieu ípie esl. día mtjy alto y ¡ue podía liacc- r d e sns caprichos t y e s Pero hjs n m y altos d e entonces í e i) ortaban á veces como verdaderos heUncos- N o b l c í solían í e r en su- s I r a a s y Jijínras; rnines, emliustems y malvadlas en sns procederes Tialfitiiales. Ved cómo se jiorla este Don Snbe el ijne Cárdenlo, svj anii; iO y confidente, ama á l, nscinda, y con morosa delectación escnclifl las ponderaciones d e enamorado y las andaluzas hipérboles cjue Cardenio, al h a h l a r d e cUa prodi; r, i. V ontnMasmo d e Cardenio. 011 v e d e enfrenar los apetitos de Don Kcrnando los ay níjonea, V Uon l L- m: 3 nd íConii- te la d e alejar (i sn anjíi o para birlarle la novia. listo, por des iracía, silla visto ninchas veces. Luscinda, n o b a y íjue decirlo, síj ue enamorada d e Cárdenlo pero qué pasa p o r sit corazón ó por sn cabeza cnando el traidor Don F e r n a n d o la pide por eipo. sa? j P o r q u é es tan endL blc su oposición? ¿Por q n é duja litigar ol m o m e n t o de los desposorios y. a u n q u e con voz desmay a d a V flaca, pronuncia el temible sit Ab! es pie Lu íinda ierienece á la pulida v triste Ic. i ión d e las recatadas doncelbis españolas q u e vivían y viven i- kC 1 ndidas y atemorÍKaiKLs en los ocultos caserones de las cindades viejas, h n J. nscin la hemos d e ver á n n a d e t a n t a s m n c b a c h a s d e ojos enormes, d e vioUceas ojeras, d e ansiosa expresión, d e alma vacilante y confusa, á quienes í e ha hablado del sacrificio antes que de ía felÍL iilad, del ¡IL- ca. do antes q n t d t l amor, v que, no sabiendo nada del mnndo, apenas tienen voluntad, ni resolucbíii, ui conocimiento d e su propia conveniencia. Ün los tiempos d e Lnscinda y en los actuales, ¿no lc! S remordería y n o les remordení. la couciencia á los o u e dirijjen l i s almas femeninas, ú piensan qne á estas mujeres iinestras ni ellos ni nadie les ha enseñado los caminos de la dicha? Por fortuna, el caso d e Lnscinda se resuelve casi milagrosamente en la venta que Don Quijote ¡ma; íinaba ser castillo, y se arrei la lodo, írracias á la intervención piadosa del buen cura, d e e: e estimable licenciado Tedro Pc- rez, con quien l jdos nos confesaríamos d e buen jurado, y d e ese excelente barbero maese Nicolás, á quien lodos buscaríanjos para q u e nos afeitase hablando ag uda y discretamente. l. nsciuda recobrí: á s u Cardenio: Dorotea k su Don F e m a n i l o pero las di- svcntuniü d e t o d o s se las acarrean ellos mísinoji y la bui: iia comiíOütura del caso la lu ra la caiiialidad. F X. I. oraeio KE CIOIIJÜ VÍ- A Q