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ELEGANCIAS MASCULINAS Mais un seiil nvís é! nit réellenieiit prérieux. Celiii d (i M. Le Hnrgy, qui, l) ¡en qii il s en défencle ivcc une e! i: irm; inte mndcstie, reste l arliilre des étéganees müsculines. (L E MATIX. L hombre del día es Mr. Le Bargy, actor del teatro de la Comedia Francesa. En los clubs no se habla sino de sus ideas, y los periódicos comentan sus palabras con más interés que las declaraciones del ministro Delcassé. Mas, por esto que os digo, no vayáis á figuraros que se trata de un auge artístico como aquellos que hacen á S a r a h Bernhardt, á Réjane y á la Duse reinas de París después de cada nueva creación. No. En Mr. Le Bítrgy interesa el actor mucho menos q u e el hombre. Oid las conversaciones de l o s chihmen, y os convenceréis: ¿Qué os parece el atrevimiento d e Le Bargy? -Muy curioso... -Admirable... -Genial... Y si después de oir preguntáis si se trata de alguna nueva manera de interpretar un papel del repertorio, os contestarán e x t r a ñ a n d o vuestra ignorancia: -No, señor; de lo que se trata es de fotografiarse de frac... ¡Una cosa importantísima! Desde hace diez años, n i n g ú n elegante s e h a b í a atrevido á hacerlo. El príncipe de Sagán no lo hizo nunca. E s una innovación. Es más aún: es un m a n i f i e s t o E l arbitro parece decir, apareciendo así trajeado ante el munMR. LE do, que el frac es una prenda por la cual se interesa de un modo preferente, y que está dispuesto á apropiarse su imperio, con objeto de modificarlo, tal vez de transformarlo. No hay más que ver su actitud. Diríase que desafía al dandismo clásico. Contemplándolo, uno piensa en la actitud del emperador Guillermo en Tánger. Ya lo veis. Lo que preocupa en Mr. Le Bargy no es el artista, ó mejor dicho, no es el artista teatral, sino el artista en elegancias. Sus retratos toman proporciones. épicas; sus corbatas nuevas hacen más ruido que los discursos de Jaurés; sus ideas sobre los sombreros, en fin, impresionan hoy á Europa entera. Los periódicos le han intervievado con objeto de conocerlas de un modo exacto. -Se hace actualmente- -le ha dicho un repórter- -una violentísima campaña contira el sombrero de copa. El rey Eduardo lleva, aun para visitar Exposiciones, un hongo. Mr. Le Bargy ha sonreído. Luego, con la suavidad fría de un confosor, ha preguntado: ¿Y qué más? -Que necesitamos conocer la opinión de quien ajusto título puede llamarse el arbitro de las elegancias. -Está bien... Tome usted asiento... El sombrero puede parecer antiestético é incómodo. Eso nada tiene que ver con la elegancia. Una cosa es saber vestir y otra l l e v a r prendas bellas. Un a l b o r n o z por e j e m p l o s e r á siempre más hermoso que una levita, y no por eso se le ocurre á nadie hacer en f a v o r del albornoz una cruzada. Ahora, los que g u e r r e a n c o n t r a el chapeatí de soie, pretenden ree m p l a z a r l o por el chapecni mou. E s u n a tontería. El sombrero de fieltro flexible, algo mosquetero y algo m e j i c a n o se presta muy bien á la indumentaria de los que gesticulan ampliamente. Pero para los que cultivan la elegancia moderna, seca, fría, estricta, sin ademanes ni grandes curvas, el sombrero de copa es de rigor. Yo, por mi parte, estoy dispuesto á sostenerlo. -En ese caso- -concluyó el repórter despidiéndose, -e s seguro que seguiremos llevándolo. Y es inútil ver ironía en esta frase. Si el arbitro lleva chistera, todos llevaremos chistera. La llevaremos con más ó menos disgusto, pero la llevaremos. La BARGY moda no acepta independencias ni rebeldías. Así vemos que los hombres que no piden el Poder sino para cambiar todo lo que existe, siguen llevando las levitas de la burguesía, los sombreros de la aristocracia, los chalecos de la reacción y los abrigos del obscurantismo. Hugues le Roux cuenta que en Abisinia, un personaje de la corte de Menelico le dijo un día viéndole una hermosa corbata roja: -Eso es digno de Le Bargy. Esto indica la universalidad de la fama. En África le conocen de nombre. En Europa le conocen por experiencia y le respetan. En cuestiones corbatiles, el arbitro no acepta herejías. Es el papa, es el rey de la corbata. Y es un papa guerrero, y es un rey tirano, porque no se contenta con gobernar en ella, sino que la atormenta, la modifica, la varía, la avasalla. E. GÓMEZ CARRILLO