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iNadal A mí que iio me vengan más con incredulidades, inverosimilitudes, incomprensibilidades y demás. Está visto que en el mundo no hay más que casualidades. ¡Nada más! ¿Quieres un ejemplo vivo? Aquí me tienes á mí. ía ves tú que me conoces casi desde que nací... ¿No es así? Pues tú, que desde ohiquitito conoces mis aficiones, di si en mi vida pasada, fuera del marro y el chito justicias y ladrones, me has visto jugar á nada. ¿Verdad que no? Pues lo mismo he seguido siendo luego; y llego á la edad madura, y ya ves tú cómo llego: que me nombras un entres ó me cuentas en secreto qiie has casado una postura ó qae te hun tirado el pego, y... nada, no sé lo que es. Pues con estos precedentes, al pasar el otro día por la calle de Peligros, veo en una lotería el doscientos veintidós; y, para que te horrorices, ese número tan feo (dicho sea acá ínter nos) despertó dentro del alma el insólito deseo de adquirirlo, ¡vive Dios! Quedé absorto conte mplando los tres doses del billete, y dos voces resonaron en el fondo de mi ser; una voz decía: (Pasa! y otra voz gritaba: ¡Vete! ¡Qué tremendas son las luchas del deseo y del deber! Pero tú me habrás de hacer la justicia de pensar que yo no quise ceder, que yo me obstiné en luchar. Y aunque allí me retenían poderosas sugestiones, conseguí el vigor de mi energía concentrar en los talones, y partí. Y mi paso aceleré más y má, s, y avancé sin volver la vista atrás, hasta que... para escándalo y ludibrio de propósitos y fines, al llegar junto á la esquina de la calle de Jardines... ¡me planté! Allí vi quedos alientos de mi ser me abandonaban; allí vi de qué manera la obsesión me perseguía; pueSj cual tres patitos negros, los tres doses navegaban por el piélago insondable de mi loca fantasía. ¿iVle creerás, mi dule e amigo, si te digo que volví á la lotería? Sí; volví. Pero ante el décimo que atraía y fascinaba mis deseos más vehementes, advertí que no llevaba las pesetas suficientes. Ante aquel feroz conñicto, quedé un punto estupefacto, y en el acto resolví que era preciso ir á casa por dinero; pero... no se va en un periquete de la calle de Peligros hasta la del Sombrerete, ni se vuelve en un instante desde allí; por lo cual, considerando que el asunto era aproniianto, desistí. Varias calles recorrí con el alma dolorida, sin encontrar ¡pesia mil una cara conocida, y en Pombo conmigo di. Mas no sólo di conmigo, porque en la mesa de enfrente me encontré con un amigo de verdad. ¡iHira qué casualidad! Referirle brevemente el conflicto en que me hallaba, darme lo que me faltaba, despedirme sin demora, correr á la lotería con las diez pesetas justas que aquel décimo costaba, obra fué de un cuarto de hora. Y cuando llegué, rendido de correr... en aquel lapso de tiempo, el billete apetecido ¡lo acababan de vender! No es preciso que te cuente el dolor que me produjo ver frustrado mi deseo; pero al día subsiguiente, que era el día del sorteo, previas las indicaciones de una persona entendida y perita en la materia, adquirí la verdadera lista grande corregida de La Iberia. Fueron mis ojos en pos del número consabido, y... ¡alabado, sea Dios! El doscientos veintidós... ¡nada! ¡no había salido! Ya ves tú qué circunstancias tan extrañas y casuales... Porque es lo que digo yo; Si aquel día no me pasa todo lo que me pasó... ¡pierdo yo cuarenta reales! PIUUJO DE XAUDABÓ (JARLOS L U I S DE C U E N C A