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andar á media noche. Pronto oímos cerca el susurrar de un río: no lejos se parece un bosque de álamos y chopos. De entre la espesura se oye bronco, desapacible, temeroso un ruido incesante, como golpear de mazos, como arrastrar de cadenas, como gemir de condenados á suplicios infernales. El pavor que á Sancho puso en el lance tragicómico que nadie olvida, por ser su narración la más delicada página que escritor ninguno ha podido componer sobre el más bajo asunto, nos domina también por un momento. Seguimos adelante y el ruido aumenta, crece sin cesar. -Son los batanes- -nos dice quien nos acompaña. -Y al acercarnos, con la luz de la aurora, caemos en la UN LAÜKAUOK DEL TOiJOSO GOJM Sü YUNTA DE MULAS c u e n t a c o m o cayó Don Quijote, sufriendo otro de los mayores desencantos de su vida. El primitivo artilugio mueve sin cesar sus mazos de madera, tunde y golpea sin descansar el paño de raja que llevan los tejedores de Villahermosa, y con el que se visten todos los aldeanos del Campo de Montiel y del Campo de Calatrava, hoy lo mismo que en el tiempo de Don Quijote. Corridos como nuestro hidalgo, salimos de los batanes para internarnos en ei corazón de Sierra Morena. No es una de esas montañas dantescas, boscosas, temibles, donde pasaron las aventuras de los paladines poemáticos. Sierra Morena es grandiosa, es sencilla. Monte bajo, matas cárdenas de carrascales y escaramujos, matas verdes de brezo y de espino cubren sus flancos rocosos. La vista se pierde en una sucesión de montañas onduladas con suavidad. Es menester entrar muy adentro, llegar hasta ALDONZA LORENZO EN EL CORRAL DE SU CASA DEL TOBOSO. AL l ONDO, LA IGLESL DEL PUEBLO