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Cuando se divisan las primeras estribaciones de la cordillera, en medio de un descampío pedregoso, una dulce y bella visión bucólica se nos ofrece: es un rebaño de cabras al cual guía un zagal que canta una melancólica endecha, mientras hace soguilla para aparar una honda. Es aquél uno de los amigos del desventurado Grisóstomo, uno de los amadores que con sus r e q u e r i m i e n t o s perseguían por el valle á Marcela, la pastora desamorada que sabía decir en castellano corriente lo que Platón sintió y dijo en griego clásico. Aún LA CHOZA DE LOS BATANEROS parecen resonar en el extenso valle las canciones y los gritos eróticos de todo el pastoraje en los amores de Marcela encendido. El pastor nos indica otra venta donde podemos descansar. E s un ancho y aplastado edificio con amplia portalada, con cuadras inmensas donde caben escuadrones de muías, con corrales enormes capaces de albergar rebaños enteros. Ea j a menguada arriería conoce y frecuenta aún la venta de Cárdenas, que no otro es su nombre. Éste evoca en nuestro magín el recuerdo de una vieja tonadilla que á nuestros abuelos divirtió: Allá en la venta de Cárdenas, cuando yo el mundo corría... Pero nos desentendemos de remembranzas modernas al ver frente á nosotros, en el campo, tendido á nuestros pies, un rebaño nume- RISCOS DE S I E R E A MORENA POR DONDE IBA SALTANDO GARDENIO PASTORES Y CABRERIZOS DE SIERRA MORENA rosísimo de ovejas y carneros. Aquéllos son los ejércitos de Alifanfarón de Taprobana y de Pentapolín el del arremangado brazo, en donde el caballero de la Triste Figura probó su denuedo indomable y renovó las hazañas de Orlando el Furioso. No es menester que esforcemos m u c h o la imaginación para r e p r e s e n t a r n o s á Don Quijote alanceando á las inofensivas manadas y á las nutridas falanges de carneros y corderinos que se desparramaban por los cerros, empavorecidas, entre la grita y la