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de otros países. En la tierra de Don Quijote, tierra árida, triste y dura, donde la vida es trabajosa y menguadísima para el pobre, no ha surgido aún el espíritu de protesta ni ha prendido la semilla del anhelo de reivindicaciones económicas y de futuros repartos. Ambiciones hay, como las que tenía Sancho Panza, pero acaso no eran las suyas ambiciones quijotescas? ¿Las confundiremos con las codicias bajas, calculadoraSjé infames que suelen verse en los aldeanos del melodrama francés, ni con los odios de clase que van abriendo hondas zanjas, simas ya, pronto abismos entre ricos y pobres en otras reg- iones de Europa y aun de España? El Sancho Panza de hoy es un poco glotón, porque jamás come lo suficiente y le gusta hartarse cuando la ocasión se tercia; es haragán, porque necesita dormir mucho quien come poco. Manchego es, tal vez, el refrán casi ascético: Blt ue duerme cena. Pero, en cambio, macizo y espeso como el pan, Sancho Panza es como el mismo pan, bueno. Su cara es de hogaza; una hogaza de candeal es su corazón. Vistos Don Quijote y su escudero, entramos en una casa de Argamasilla. Cualquiera puede ser la de Alonso Quijano. Abramos una puerta, entremos en un zaguán encalado, pasemos al patio vecino. Calladas, activas, hidalgas, graves, dos mujeres se afanan, sentadas en silletas, labrando ropa blanca ó punto de aguja la joven, haciendo media la de más edad. Son la sobrina y el ama de Don Qui- El. PORQUERO, CON SU CUERNA Y SU GREY, A LA PUERTA DE LA VENTA EL VENTERO, QUE POR SER M U Y OORDO, ERA MUY PACIFICO jote, y vanos era querer imaginárselas de otro modo que como ellas son. Ya no usan en la Mancha trajes característicos, sayas cortas, aparejos redondos, justillos de colores ni pañoletas vistosas. Probable es que ni el ama ni la sobrina de Don Quijote llevaran tampoco tales arrumacos cuando vivía su señor y su tío. Eos aldeanos manchegos nunca han sido aldeanos de zarzuela ni de cuadrito de caballete. Una gran seriedad les distingue, pero no una seriedad brutal, puesto que en todos ellos notaréis cierta blandura ingeniosa en el habla, cierto libre desembarazo en los andares y actitudes. Dejamos al ama y á la sobrina de Don Quijote entregadas á su monótona labor, contando la vida por las puntadas del dobladillo y por los puntos de la media, persuadidas como los más grandes filósofos, á quienes no conocen ni han leído, de cuan inmenso es el vacío de la existencia humana, de cuan fácil es llenarle de tranquilidad y sosiego cuando se tiene un alma buena y de aspiraciones humildes y comedidas. Salimos á la calle, y dos puertas más abajo veremos, en otro patizuelo más pobre, á Teresa Panza y á Sanchica, la mujer la hija del incomparable escudero; las dos cuadradas, anchas de hombros, redondas de cara, que os miran con inocente hosquedad, con desconfianza en que descubren su sencillez. Si escarbáis en su corazón, hallaréis un duro, un berroqueño bloque de honradez y de lealtad. Ni por soñación le ha pasado jamás por las mientes á la buena Teresa la tentación más