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ÜA- s- r- J ji w ARGAMASILLA DE ALBA DESDE LAS AFUERAS no podría hacerse con un pueblo, con toda una región que tiene por su más alta honra ser ¿z íürra da Don Qziijote? Pero mientras reflexionábamos esto, andando por las calles de Argamasilla, hétenos frente á frente del ingenioso hidalgo. Don Quijote le llama todo el pueblo, y él acepta con gusto el dictado. Es el mismo rostro de media legua de andadura, la misma frente alta y de nobilísimo dibujo, Jas mismas barbas grises, el mismo cuerpo flaco y espigado, la misma apostura serena y majestuosa. Don Quijote ¡miseria de los tiempos! es empleado en consumos con dos pesetas diarias. Y no se crea que él explota para nada su parecido con el caballero de los Ivcones. Todo lo contrario. Convencerle de que se dejase retratar, costó un triunio. No tendrá este ilust. e lugareño de Argamasilla acaso unas ideas tan elevadas como Alonso Quijano; pero en dit- nidad, en estima y aprecio de sí mismo, ni su propio paisano le aventajaría. El actual Don Qv ijote de Argamasilla es otra prueba de que la vieja casta no se ha agotado. La llanura manchega sigue habitada por adoradores de lo invisible, de lo impalpable, por soñadores alucinados que viven con dos pesetas diarias y aun con menos. Junto á Don Quijote se nos presenta su inmortal escudero. Para buscar un Sancho Panza, no ha sido menester andar mucho. Sanchos Panzas rechonchos, achaparrados, de cabeza redonda, de barbas prietas, decidores, graciosos y llenos de malic i a s inocentes en el EL R. t: cio Y ROCINANTE EN EL CAMPO DE ARGAMASILLA