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FJ. AMA Y LA SOBRINA DE DON QUIJOTE EN LA ACTUALIDAD visiia; en pos de ella deberán venir otras á esos lugares únicos en la historia del pensamiento, del sentimiento j de la acción de nuestra raza; á Alba de Tormes, á Villalar, á San Juan de la Peña, á Sobrarbe, á Simancas, á Loyola. Sólo conociendo bien lo que estos asilos de ntiestra pasada fortaleza nos enseñen podremos tener una base firme para rehacer el alma nacional; porque nada seremos si no conservamos nuestra originalidad poderosa y distinta, ni lo que tomemos de fuera dejará de ser postizo j- engorroso si no acertamos á seguir siendo por dentro quienes fuimos cuando éramos grandes en el mundo. Y ¿quién más grande entre los héroes de nuestra noble tradición que el ingenioso hidalgo de la Mancha? Con estos propósitos, nos encaminamos á Argamasilla de Alba. Sabemos, porque la erudición ha hundido ya su pico en la leyenda, que no es probable, ni siquiera verosímil, la especie de que Cervantes pensara hacer de Argamasilla la patria de Don Quijote. En efecto, Argamasilla de Alba no está cerca del Toboso, como el hidalgo dice, sino que dista ocho leguas; en Argamasilla no estuvo preso Cervantes, ni haj- dato, memoria ó antecedente alguno de que allí le pudiera pasar alguna desazón bastante á hacerle omitir, en son de menosprecio ó de ironía, el hombre del simpático pueblo de la Mancha, ni tampoco ha de pensarse que una epopeya como Do 7 t Quijote fué concebida por mezquino deseo de rencor ó venganza. Pero ninguna de estas razones nos importan. Aunque no sea Argamasilla de Alba ni otro pueblo alguno determinadamente la patria de Don Quijote, Argamasilla merece serlo por el noble y hermoso fervor con que sus habitantes todos, desde el alcalde hasta el último porque- rizo, ponen su punto de honra en declararse paisanos y descendientes del inmortal caballero. ¿Puede haber nada tan bellamente quijotesco, ni que tan dura y consoladora lección dé á nuestro indiferentismo de cortesanos cosmopolitas como esta hermosa obstinación, como esta romántica, platónica é ideal testarudez de todo un pueblo de la Mancha, empeñado en ser la patria de un personaje que no ha existido nunca? Entráis en Argamasilla, y en cuanto os oigan hablar de Don Quijote y de Sancho, os mirarán con respeto, casi con veneración. Preguntáis á cualquiera, á una mujer, á un mendigo, á un pastor, y sin vacilar os dirán: -Esta es la casa de Medrano, con la cueva donde estuvo preso Cervantes. Por ahí se va á los batanes, donde Don Quijote le dijo á Sancho Panza: Peor es meneallo. Aquí vivía el bachiller Sansón Carrasco... -Y os lo dicen con una fe de cristianos primitivos, con una seguridad apodíctica, axiomática. Aquellos buenos labradores, cuyas cabezas acordobanadas cubre constantemente un pañuelo ó turbante atado á la morisca, guardan en ellas u n ideal inapreciable. ¿Podrán muchos campesinos de las naciones más cultas decir lo mismo? ¿Qué nos importa que haj a tantos y cuántos millones de analfabetos extendidos por la Península, si en cuanto salimos de Madrid, á dos pasos de las ficciones sobrepuestas y de los exóticos disfraces con que hemos querido remedar una cultura ajena y unas costumbres extrañas, nos encontramos ardiente y no apagada la llama de amor viva del santo, y vemos 3- palpamos, sangrantes y vivos, los primeros impulsos buenos que nadie sabe aprovechar ni encauzar? ¿Qué -fc 2 I m 19 B -tí i TERESA PANZA Y SANCIIICA PANZA EN 1 9 0 5