Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
XJM A B J L I T I C O JLRXÍSTICO I A B i n o 3 ardiisabido es el afán qvie algunos coleccionistas lian puesto en reunir abanicos raros. Célebre es la colección del barón Alfonso de Rohtschild, que ha pagado algunos abanií y eos á precios inverosímiles. Celebérrima fué en nuestro país la colección de S. M. la Reina Gobernadora doña María Cristina. En la actualidad existen en Madrid tres ó ciiatro ilustres damas coleccionistas de abanicos. El abanico cuya reproducción publicamos en esta página pertenece á un coleccionista de Madrid, y es un ejemplar vcidaderamente notable y iinieo. Como nuestras lectoras comprenderán por la forma de! varillaje y por su ornamentación, pertenece á la primera mitad del sig lo pasado. Detrás de ese abanico sonrieron, sin duda, cuando estaba recién pintado, algunos labios graciosamente fruncidos en la forma cpie por entonces se llamó bouchc en caur; el aire que movía esa artística pic a intentó hacer revolar primero algunos bucles ó tirabuzones románticos; luego acarició algunas imperiales cocas de las que formaban gracioso nimbo en torno á las caras finas y lánguidas ele las, lectoras de Eamartine. Tero no vaj a á creerse que esa prenda femenina está exenta de toda significacióu histórica y política, ni que el vientecillo por ella levantado no era en cierto modo un viento revolucionario, un viento de fronda. Eijáos en el país, y veréis que la pintura del centro reproduce una de las escenas que con más ardor y violencia hicieron palpitar los corazones masculinos y femeninos en una agitada ocasión de la historia europea. Es el famoso terceto de la inmortal ópera de Rossini Gtiilkrmo Tell, pintado por el gran artista Horacio Vernet con el efectismo teatral propio ele aquella época. Eos tres conjurados se disponen á largar sus respectivas fermatas en honor de la libertad de los pueblos. En el lago trancpiilo espera la barca; en el fondo, los Alpes sonríen esperando las nuevas auroras; el cazador de Altorf prepara su ballesta tiranicida. Haj en las tres figuras, tal como Horacio Vernet las pintó, y acaso tal corno las concibió Rossini, no sabemos qué restos de grandeza clásica, no sabemos qué reminiscencias de aquellos romanos fingidos de la Revolución francesa que David pintara. En la pintura de Vernet, como en la ópera de Rossini, Guillermo Tell y sus ami, gos no son los sencillos pastores de los Alpes á quienes el Ranz de las- nacas despierta; los que en un desfiladero de la montaña acecharon j- mataron á Cíessler, se, g ún la tradición, como acechaban y mataban á las gamuzas y á los rebecos. I, a farsa teatral dominaba entonces la pintura y la música, porque tamljién dominaba en la sociedad. Orla del eriadrito de Vernet son las notas del terceto, escritas de puño y letra de Rossini y por él firmadas, que dan á este abanico un valor histórico y artístico enorme. El maestro no era ivíny amigo de prodigar su firma, y alguna poderosa razón debió influir en su ánimo para dictarle la copia de esa maravillosa página musical en los años en cj; ue el terceto de Guillermo Tell y el coro Amia della patria eran un grito de libertad que corría por toda Europa y que todos los labios repetían. Ko podemos sustraernos, contemplando un abanico así, á la misteriosa obsesión de las manos en que nos imaginamos que estuvo, del rostro que ocultó. Desgraciadamente, este es lo mejor de la historia, y siempre lo mejor de estas historias se cpieda sin contar. DE MASEE