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III Aquella mañana iba la Venerable más compungida, ojiluciente y nerviosa que nunca; sus labios, siempre incoloros, ardían y temblaban febriles; sus manos esqueléticas enclavijábanse convulsas sobre rosario y pañuelo, y balbuciente, excitadísima, empezó su confesión diaria. Atajó prudentemente el Padre los ríos de palabrería difusa en que se desleían los infinitos escrúpulos de la beata, y cuando se disponía á absolverla, rogóle ella en voz delgadísima que le oyese una preguntita humilde. -Acaba, Ménica, c ue esperan muchas, -ordenó el capuchino; pero á la devota se le trababa la lengua, apagábasele la voz y no acertaba á formular su pregunta. ¡Vamos, mujer! -apremió el confesor. -Si es materia tan delicada, tan difícil para tratada por una misma... ¡Por Dios santo! -Si su Paternidad me adivinase... ¡Déjate de rodeos; habla claro, como Cristo nos enseña! -mandó el capuchino. ¡Pues... ya que su Paternidad lo manda, querría yo decirle que como de todas las siervas de Dios se lee que sus penitenciarios solían anotar sus virtudes y merecimientos, yo... ¡Explícate! -Yo... -Bueno; tú, ¿qué? -Que para el caso, que no llegará, no llegará, bien lo veo, porque soy una miserable pecadora, un vil gusanillo de la tierra... -Acaba. -Decía que para el caso, que... ya digo, no llegará... Sí, vamos; si estoy j a más que al cabo, y esperan veinte confesadas: que para el caso en que llegues á ser santa, te escriba yo la vida, ¿no es eso? ¡Ay, padre, padre! ¡usted me confunde, me anonada... -Los santos, Mónica, jamás presumieron serlo; ¡guárdate de caer en tal soberbia! Pero sí alcanzas la santidad, descuida, te cumpliré el deseo; ahora, que Dios te perdone, -y la absolvió. Sucedióla en el confesonario il rá írea, á quien lo imponente de la confesión y el temor de cansar demasiado al sacerdote sobrecogían siempre, á tal extremo, que todo su ser daba la sensación de cosa que se escapa, se derrite ó se evapora. Al sentir trasla rejilla su congojoso respirar, acudíala compasivo el asceta; su afilada faz, cerrada en barbas y en ojeras, aclaraba como cielo que se desnubla, 5 su voz y su palabra se achicaban como cuando se habla á los niños. Cuando ya serenada Salesia veía lucir ante su espíritu la absolución aquietadora, estas palabras del capuchino y el tono de fallo inapelable con que las pronunció, dejáronla despulsada y caridifunta. -Escúchame y obedéceme sin réplica ni vacilación, porque si no lo hicieres así, no te absuelvo. Ve ahora mismo, y sin cejar ni achicarte, suceda lo que sucediere, empuja, arrolla, despeina, molesta, pisotea, sobre todo pisotea cuanto puedas á la beata Mónica. ¡Pero padre... ¿yo? ¡yo! ¡Acabada de confesar, antes de recibir al Señor... -Ni una palabra más; si replicas, no hay absolución. La Catedral, con Giralda y todo, derrumbándose sobre la pequenez de Mínima, no la hubiese aplastado más totalmente que aquel inexplicable mandato. Pero no había apelación ni demora, y la mísera aprestóse á obedecer con heroica resolución de mártir. Hallábase la Venerable como arrobada y traspuesta, cuando Mínima, cerrando los ojos, con el desesperado valor de los cobardes, cayó sobre ella y arrolló, arrugó, pisoteó y deshizo cuanto pudo de la magra persona y de su peinado, mantilla y faldamentas, Sacudídsela al pronto, displicente, la beata, como un león se sacudiría una mosca; pero cuando vio que la agresión persistía y arreciaba, tercióse belicosamente el manto, revolvióse como pantera irritada, asió del moño á la tímida, sacudióla frenética, hartóla de insultos crudos- -no en balde nació en la Macarena la seráfica, -y ya entre el general escándalo y revuelo de las confesadas, y entre el polvo que el pataleo del combate alzaba de la estera de pleita, disponíase la iracunda á hojear á su enemiga el- cohimen de las faldas, cuando, sorprendiéndola in fraganti en figura y actitud de furia, caída la máscara de la santidad hechiza, alborotadas las greñas y los ojos echando lumbre, asomó al confesonario la austera faz barbuda el P. León, 3- con amarga ironía en el acento y con dolor é indignación en el alma, pronunció lentamente: De la htimildad y mansedumbre. Primer capítulo de la vida de la Venerable Mónica de los Arrobos. BLAXCA D E L O S R Í O S DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA LAMPEREZ