Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ardían con fulgor quemante, como de pasión ó de fiebre. Al cabo, con estridor d é ferraménta moho- sa abrió el hermanuco las puertas del templo, acomodáronse en el atrio los mendigos y entróse, I como en su casa la beata, hasta su rincón de siemiQM la tardecita, hora de tomar el cliocolate pre, junto al confesonario del P. León. Una vez íí Jt en casa de mi señora doña María de Roca- en él, extendió, según su nimio ritual, en plieguessimétricos y como hieráticos la saya alamosquiy Amador Grij alba de Cisneros, acudía al na, tosiqueó, escupió en el pañuelo, redoblándolo olor del regalado soconusco gran golpe de teólo- en apretadísimos dobleces, requirió el tosco rosagos y reverendos, de titulados, segundones, veinti- rio de lágrimas, obra de legos capuchinos, fijó los cuatros y canónigos, lo más granado y copetudo ojuelos calenturientos en la Pastora Divina, y de Sevilla. I a tarde á que me refiero y mientras enclavijando sobre el rosario las manos esqueléel mozo, setentón y asacristanado, repartía por el ticas, comenzó, como función natural y cotidiana, corro los pocilios chinescos en mancerinas de re- el incesante silabeo seseoso y el hondo carraspear pujada plata, hablaban animadísimamente los se- y gimotear de aquel cavernoso pecho que parecía ñores del prodigio que andaba en todas las len- depósito de suspiros, toses y oraciones. guas, de la actualidad en boga- -diríamos hoy, -de las Media hora llevaba la devota en su triple ejerseráficas virtudes de la beata Ménica de los Arrobos, cicio, cuando calladamente, como procesión de que empezaba á gozar en Sevilla fama de santa. sombras, acudieron las confesadas del P. León, -Lo que de ella se refiere- -afirmaba el obeso que aquel día, por ser sábado, estaban cabales me Provincial de los Jerónimos- -es verdaderamente complet. Y en verdad que juntas formaban intereedificante. santísima galería que hubiese ofrecido á Charcot- ¡Cuentan y no acaban, mi señor don Braulio! datos curiosos de histeria ó neurosis; á Zola, mon- -decía el Asistente de la ciudad al Comisario de tón de arcaicos documentos humanos; á la brocha la Cruzada. tirsesca de Goya, asunto para un audaz Capricho; -Es una verdadera Santa Rita- -observaba un á los pinceles psíquicos del Greco, un grupo de familiar del Santo Oficio; -y formando nutrida cabezas enfermizas transpareciendo almas. En masa de voces campanudas ó cascadas, estallaaquel penitente corro destacábase, ó más bien ban simultáneamente las más exaltadas exclama- perdíase por insignificante y encogida de cuerpo ciones. y de espíritu, una desmedradísima persona, tan Cortando en seco el coro de alabanzas, sonó reconsumida y tenue, que por ausencia de carne, posada la voz de doña María de Roca- Amador, forma, color y líneas, escapábase á toda clasificamujer de acendrada virtud sin liga de gazmoñería: ción de edad y casi de sexo, pues así como enfun- -Y usted, que es el confesor de la Venerable, dada en su hábito de San Antonio parecía un chicomo empiezan á llamarla, ¿qué dice á todo esto. quillo, en traje varonil hubiese parecido una vePadre León? -preguntó llanamente la señora á jezuela. Salesia se llamaba, y por ser hija de la un capuchino de luenga barba negra y descarna- mandadera de las Mínimas, ó porque ella lo era da calíeza ascética, que paseaba la penetrante mi- en tanto grado. Mínima le decían. JÉntre Minima y rada de unos á otros interlocutores, según éstos la Venerable mediaba desde antiguo invencible se sucedían en el uso del encomio. antipatía; es decir, la Venerable, que aspiraba á la- -Digo, mi señora doña María, que la virtud, santidad dramática y apoteósica de los místicos, como el oro, á más ensayos luce más, y que hasta iluminados y extáticos; la Venerable, que soñaba el fin de la batalla no se canta victoria. con raptos y transverberadones, sentíase desdeY como ahuyenta el estampido del trueno la ñosa hasta el desprecio hacia aquella pobre larva bandada de parleras avezuelas, así la voz robusta mística, sin fuego para inflamarse, ni alas con que 3 las sentenciosas palabras del fraile ahuyenta- levantarse á las flamígeras cumbres del ascetismo ron las hablillas y comentarios de la sala de mi exaltado; y la triste Mínima, al sentirse fulminada señora doña María. por los candentes ojos de la santa, apocábase y II se encogía aún más, hasta abismarse en su proAntes que abriesen la madrugadora iglesia de pia pequenez. Desde la sombra del confesonario Capuchinos, ya estaba á su puerta la Venerable avizoraba el P. León aquel drama de entre- garza bostezando ayunos y eructando latines bajo el y paloma, sin que ni una ni otra se percatasen de manto verdoso que. le asombraba la faz árida, la observación recatada. donde sólo parecían vivir los hundidos ojos, que LA VENERABLE i-