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IvJL O- niLKi: COI 5. E. IIDJL lE asomé al balcón extendiendo la mano como si fuera á jurar, y sonreí. Indudablemente Kl fS tendríamos toros. Despacio, floreando al mujerío, llegué a l a calle de Sevilla. Era tarde. En la Equitativa apuntaban las cuatro y luedia, liora precisa en que daba comienzo el espectáculo. ¡Bah! me dije, en la plaza hallaré billete. Y buscando coche, seguí callé de Alcalá abajo. Una jardinera desvencijada, con dos clavicordios por caballos, subía dando tantarantanes. No sin. cierto temor la tomé por asalto; las ballestas iban atadas con bramante, el rodar sospeclioso, el traqueteo horrible, pero ¡por una vez... Subí, y en fuerza de trallazos y de jalear á los animales todos los viajeros, anduvimos con algún desahogo un ratito, eso sí, chirriando la jardinera como una carraca; pero cuando habíamos traspuesto la Puerta de Alcalá, una de las ruedas salió del eje, dando tumbos como si estuviese mareada, hasta caer definitivamente en el suelo para no levantarse más. Iva caja del coche volcó de costado; los pencos, al verse por tierra, se revolcaron satisfechos ante aquel reposo reparador. Disimulamos lo mejor que nos fué posible tal contrariedad; seguí andandito el camino y llegué á la Plaza. Por fin, provisto de mi billete, décima fila del tendido 8, entré en el supremo momento que tocaban á matar el seg undo toro. Mi presencia se acogió con verdadera indignación. Y entre frases más ó menos cariñosas, ¡el tío éste! ¡vaya una hora de venir! etc. subí filosóficamente las nueve filas una por una, pisando á uno, cayendo sobre otro, llevándome lo nio, que dice la gente mñí. Además, tuve la mala fortuna de dar contra un niño de pecho, cou la consiguiente protesta de la madre, que en aquel momento proveía de jugo lácteo al pequeño sujeto. Pedí una almohadilla, con tan mala fortuna, que vino á caer sobre las narices de un señor inferior á mí... vamos, sentado en la fila anterior á la mía, y que volviéndose airadamente, la tomó con mis ascendientes, y en poco vinimos á las manos; que no faltaba en el tendido quien nos azuzara con mucho gusto. Después, y por si la estocada estaba ó no en su sitio, fui testigo de lina regular pelea entre dos aficionados, que dando suelta primero á la lengua y luego desahogo á los bastones, armaron un escalza- perros de dos mil demonios. Pííectivamente, la estocada no estaría en su sitio, no lo discuto, pero el palo que de rechazo me dieron en la cabeza, ese, ¡ya lo creo, vaya si estaba en su sitio! A todo esto, nos obsequió el público con palmitas de tango, y... salió el cuarto toro. Al menos- -me dije ya tranquilo, -voy á ver este toro á gusto; y como lo pensé, el animalito va y resulta un solemne manso, volviendo la cara á los caballos como si fueran acreedores. ¡í uego! ¡fuego! -ruge el tendido, y la gente enrronquece con indignación digna de mejor causa. Caen sobre el redondel mil objetos, y una naranja, dándome en un ojo, me pone en comunicación directa con las estrellas y algunos principales planetas. Pero la cosa no quedó ahí. Varias y accidentadas peripecias se siguieron en toda la tarde. Contagiado por la ira de mis vecinos, tiré mi sombrero con tan mala fortuna, que recibió en pleno la caída de un picador, y allí falleció el hongo. Salí de los toros sin nada á la cabeza, miento, con un punzante dolor en el cerebro; tomé un coche, y el caballo se desbocó, espantándose de un tranvía, accidente del que libré bien por fortuna. Cuando me vi cerca de casa... ¡qué felicidad! quise ver la hora, y... ¡maldición! -como dicen todos los traidores en el teatro cuando son descubiertos- ¡me lo habían robado! Pues no faltó quien me preguntase si me había divertido mucho. r T- ÍAX-