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V i- í V Primavera arfificial. Primavera natural. í s allegar á París, y por motivos de alianzas estratégicas querían obsequiarle con fiesi l tas realmente extraordinarias. A aquel hombre de nieve, más que banquetes y revistas, más que arcos triunfales y carreras de caballos, lo que liabía de conmoverle y halagarle sería, sin duda, una buena Primavera. Allá- en Rusia el fresco verdor debía de durar pocos días; las flores, apenas nacidas, debían de niarcliitarse; la nieve lo mataba todo. Así es que un buen paisaje florido, un revuelo de flores desenvolviéndose en las ramas, tenía que entusiasmarle. Pero era el caso que justamente aquellos árboles que estaban enringlerados por los paseos y avenidas, con una lamentable falta de patriotismo, no tenían más que nei vios, troncos enjutos sin hojas ni señal de que brotasen, y ni con bandos ni con decretos del Presidente de la República se les podía mandar que apresurasen la floración, para bien del pueblo francés. Pm otros tiempos se hubieran visto apurados: pero hoy, con todo eso del progreso, con los adelantos que proporciona la industria, no liabía por qué apesadumbrarse. ¿Que no tenemos primavera y nos conviene que la haya? Pues la haremos artificial. ¿Que no florecen los árboles? Hacemos flores de papel. ¿Que tampoco tienen hojas? Máquinas tenemos para recortarlas, gente para irlas pegando, y dineros y paciencia y papanatas á quienes parecerá muy natural, y que prorrumpirán en alabanzas de la nueva Primavera fabricada de encargo. ¡No faltaría sino que al final del siglo xix hubiese que estar esperando la calma desoladora que gasta la Naturaleza! Pusieron manos á la obra, arrojaron á las tinas todo el papel de París, hicieron millones de flores, y á lo largo de los campos Elíseos, pegándolas en los árboles, se produjo una florescencia tal, que si Mayo se hubiese presentado de repente, no habría encontrado una ramita para hacer nacer en ella una hoja, ni un botón para plantar en él una florecilla. Flores de almendro injertas en los plátanos, rosas de té pegadas en los tilos, gardenias en los castaños silvestres... y así por todo lo largo del paseo disfrazaron los árboles con tal derroche de colores, los vistieron de tal modo, que aquello fué el triunfo del progreso material, una lección bien dada á la calma impertinente de las cuatro estaciones, que todos los años hacen lo mismo; un castigo oportunamente dado á los árboles del paseo, ensenándoles á florecer cuando conviene á la patria y cuando el pueblo lo manda con su gran soberanía. Aquello fué la Primavera moderna; aquello era la conquista del siglo que se acababa esperando uno mejor; aquello henchía de orgullo á los que cantaban estrofas á los adelantos materiales. Mas ¡ay, pobre gente! no contaban con las leyes de la Naturaleza, con el hermosísimo desprecio de la obra uiaravülosa, que destruye inconsciente cuanto hacen las hormigas, Y ¡quién había de decirlo! ¡Llovió! Llovió, y las flores se destiñeron, y churreteando colores tronco abajo de aquellos árboles tan engalanados, tiñeron de anhilinas todo el hermoso follaje. Las flores parecían grumos de engrudo; las rosas pegadas á las ramas, sudaban barniz turbio; la blanca flor de almendro se había embarrado de fango; las gardenias de trapo parecían cintajos que vendaban las heridas de los troncos, y por todas partes chorreaban aquellos cachos de papel de las vanidades de un día. A la noche, los arroyos arrastraban pasta de flores, los coches los aplastaban, y los traperos, con la horquilla- en las manos, iban llenando el saco y llevándose los despojos de aquella gran Primavera fingida por los hombres.