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como hablaba un francés raro, no pude hacerme entender sino después de grandes esfuerzos. Al cabopude llegar hasta el prefecto Monsieur Lépine, que me saludó con estas fatídicas palabras: ¿Lo veis? ¡Todo perdido! ¡Todo quemado! ¡Quemado todo! -pensé. ¡Bonito negocio! ¿Y teníais algo asegurado? -me preguntó con vivo interés Mr. Lépine. ¡Quiá! Pero ya veréis cómo todo se arregla y muy pronto vuelven á reanudarse las representaciones. Mr. Lépine me creyó loco en aquel momento. Otro tanto debieron de pensar los empresarios, á quienes comuniqué mi atrevido pensamiento allí mismo, mientras las decoraciones, los muebles, los trajes, las pelucas, todo mi decorado ardía, y las esquilas que uso para mis ejercicios de campanólogo, agitadas por el viento y el fuego, lanzaban melancólicos tañidos. Lépine y los empresarios estaban estupefactos al verme tan tranquilo, y más aún cuando me atreví á ofrecerles una copa de cognac en un café cercano al difunto Trianon. A las cuatro de la mañana estaba yo en la cama durmiendo tranquilamente. Desperté á mediodía, pedí los periódicos. Todos dedicaban al incendio del Trianon y á mi supuesta desgracia un espacio larguísimo, como sólo suele concederse á los asuntos de política palpitante. En todos ellos se revelaba una grande, profunda y simpática conmiseración hacia mí. Todos expresaban la misma persuasión de que me había arruinado para muchísimo tiempo. El desastre era enorme, irremediable. Otro cualquiera se hubiese amilanado; pero yo pensé: ¡Bah, bah! ¿no es mi arte la transformación? Pues hé aquí una transformación más. Cierto es que todo ha ardido, ¡pero no ha. biendo ardido yo... PERO ¡NO HABIENDO ARDIDO YO! A poco, recibo la visita del representante, quien me dice que en toda la mañana no había hecho otra cosa sino recibir visitas y recados de una nube de empresarios de París, deseando saber cuándo podría yo seguir mis representaciones. El reclamo hecho por el incendio del Trianon había acrecido mi popularidad en París, al punto de hacerme indispensable. ¿Cuándo hubiera yo podido soñar ni pagar una publicidad tan enorme? Después de discutir varias proposiciones, acepté laofertadelos hermanos Isola, dueños del Olimpia. -Cuanto antes podamos comenzar, será mejor, -me dijeron. -Bien respondí, -pues dentro de siete días. Aquellos señores me tomaron también por loco. ¡QUEMADO T O D O! ¡BONITO NEGOCIO! ¿Cómo en siete días era posible agenciar decoraciones, vestuario, accesorios, pelucas... la infinidad de cosas que llevo conmigo y me son necesarias? -Muy sencillo- -respondí; -tráigame el Bottin (el anuario del comercio de París) ¿No estamos aquí en el cerebro del mundo, en donde nada falta? Pues bien; si necesito cincuenta pelucas, con avisar á veinticinco peluqueros y que cada uno haga un par de ellas én esta semana, es suficiente; y lo mismo se hará con los carpinteros, mueblistas, sastres, escenógrafos, etc. Total, que puse en movimiento en una semana á más de seiscientas personas; pero el día indicado, ni una hora antes ni una hora después, comencé mi representación, sin que nada rae faltase... y tuve un éxito que no debo comentar por modestia. En el telón de boca había hecho pintar una alegoría del Trianon incendiado, coa su fecha 17 de Febrero de 1900, y enfrente una alegoría de mi resurrección el 24 del niismo mes, y año. ¡Qué gusto tan grande da el resucitar! La voluntad lo consigue todo. Querer es poder. Ilustrado por Frégoli, con fotografías de l ranzen LE; OPOI. DO FREGOLI