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DE LAS MEMORIAS DE FRÉGOLL L original artista italiano ha escrito sus Memorias, aún no publicadas, y de ellas sacamos el si, V guiante relato, que nos parece interesantísimo. El más vivo y constante deseo que en mi vida artística he sentido, fué el de todos los actores: trabajar en París. Continuamente se lo decía á mis empresarios, y ellos consideraban tal empeño como una locura. -Después de todo- -venían á decirme- -lo que hacéis no es más que reducir, concentrar y reunir todas las excentricidades de que los parisienses están hartos; y llevarles allí lo que Ae. ellos habéis copiado, es una siinpleza. Pero nú obstinación es tremenda. De cuando en cuando iba á París, veía los espectáculos que á aquel público agradaban, y pensaba para mis adentros: ¡Cuánto mejor les divertiría yo! Por fin, tanto insistí, que obligué á mis empresarios á buscar local en París para presentarme. No lograron encontrar más que el Trianon. El Trianon era un teatrucho de mala muerte situado en Montmartre, sucio, destartalado, que había servido solamente para bailes gratuitos y reuniones populares. En cambio, costaba muj- poco de alquiler. Eos empresarios parisienses no querían gastar nada en adecentarle un poco. Eos llevé á Milán para que me viesen representar en el Eláorado y el Verme, y entusiasmados conmigo, aceptaron mis condiciones. Elegado á París, di una primera representación gratis, aproveclianao un uia. en que los demás YO H. EIA RE. VLIZADO MI UEXO... teatros no ofrecían nada nuevo. Acudió toda la élite intelectual parisiense: literatos, artistas, críticos, grandes damas. Al día siguiente, fueron numerosos ios artículos encomiásticos, como habían sido grandes las ovaciones. Por desgracia, nada de esto sirvió. Al Trianon no acudía el público, ese público de los espectáculos excéntricos, compuesto en su mayor parte de mujeres guapas y llamativas, las cuales no iban, á llegar hasta Montmartre á lucir sus encantos y atraer gente de dinero. Comprendiéndolo así, comencé á frecuentar el Café de París, el Americano, Maxim, l o s puntos de cita del demimonde; regalé sin duelo palcos á las bella. s ¿QUÉ SUCEDE? ¿ALGUNA D: SGRACIA? damas que pudiesen llevar tras sí corte de admiradores. Por este medio, llegué á conseguir grandes resultados en la taquilla, A los días primeros de aburrimiento y soledad en la sala, sucedieron otros en que se vendían todas las localidades. Nunca se había visto en el Trianon semejante concurso. Los empresarios, que rae vaticinaron tantas desdichas, estaban locos de contento. Yo había realizado mi sueño: París estaba ya casi conquistado. Toda esta felicidad se vino abajo en pocas horas. Una noche, después de la representación, me encontraba en casa descansando y fumando una pipa, cuando veo aparecer al maquinista del teatro, desencajado, lívido, y caer en un sillón, diciéndome con voz sepulcral: -Estamos arruinados. ¡Todo se ha perdido! ¿Qué sucede? ¿Alguna desgracia? -pregunté. ¡Fuego, fuego! ¡El Trianon ha ardido completamente! ¡Todo hecho pavesas! En mi asa, al oir esto, comenzaron las lamentaciones y los gritos. Sólo j o permanecí tranquilo, me puse el sombrero, y á las tres de la mañana me encaminé al sitio de la catástrofe. En el lugar del siniestro, un cordón de guardias impedía el paso á todo el mundo, incluso á mí, que