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1- -Tf i i y. j í j -i 1, i- wmM: i y- mpa los que se publicaron antes de su elección. Su ancha frente está llena de pensativas y cavilosas arrugas; su boca permanece obstinadamente cerrada. El Papa baja la cabeza abatido por la pesadumbre inmensa de sus pensamientos, de los recuerdos de su felicidad de antaño y de sus actuales responsabilidades y preocupaciones. El porvenir de la cristiandad es una cavilación demasiado grande en estos tiempos para un hombre solo, aunque le asista la gracia del Espíritu Santo. El ten con ten de energía y suavidad diplomática que sostuvo durante los últimos veinte años el difunto León XIII, exige y requiere un desgaste de fuerzas anímicas, una agilidad y robustez de espírittr verdaderamente superiores. Dificilísimo es lioj- en todas partes el papel de soberano. ¿Qué no será la soberanía espiritual del mundo entero? Considerando esto, se comprende bien por qué el Papa ha perdido su amable sonrisa de antaño. Llegó á lo más alto á que hombre alguno llegar puede; pero ¿y laañeja paz de su espíritu? El Papa baja la cabeza resig nado. W. B. EL P A P A Y SU SECR F. TARIO EN LOS JARDÍN KS tancia qvie se les daría por algunas gentes. Pronto se le hizo notar algo de esto, y entonces el Pontífice reprimió un poco sus instintos de sobriedad y sencillez y fué aceptando poco á poco todas las prácticas y los usos que desde tiempo inmemorial hacen de la vida del Vicario de Cristo en la tierra una esclavitud y un perpetuo, sacrificio. Pío X se doblegó; aceptó las indicaciones que se le hacían; Pío X es hoy, según dicen hasta las gentes niás escrupulosas, un fiel y obediente observador de la etiqueta, á cuyas exigencias se somete en absoluto con una gran docilidad. Pero... esto no lo dice nadie en el Vaticano, mas lo observa todo el que tenga ojos: un hecho tristísimo ha seguido, naturalmente, á esta sumisión. Antes de ser papa ei cardenal José Sarto, pocas veces abandonaba su rostro una apacible 3- benigna sonrisa. Era el bondadoso viejo alegre y agradable, como los cristianos de los primeros tiempos de la Iglesia, como los que reflejaban en su rostro la divina sonrisa que iluminara el semblante del Redentor. La verdadera fe, la fe simple y fuerte va siempre acompañada de la alegría; como que en ella encuentra el creyente la más grande y deleitosa fruición. Sin que su alma se haya quebrantado lo más mínimo, es el caso que Pío X ya no sonríe como antes. Su benévola figura, su ancho rostro de aldeano, ya no revelan la plácida tranquilidad de los pasados tiempos. El Papa ha sufrido una transformación que muy bien se advierte comparando estos retratos suvos, hechos recientemente, con i i El, i vi A CUNTEMPLANDO DESDE LA TERRAZA D E L VATICANO LA VISTA DÉ ROMA i ütoj rufías Uiidtírwjod n n d e r w o o d