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ín memoriam U fos ricos iiG debieran morirse nunca; y eso de cerrar el ojo, quieras que no quieras, habría de K! Í qriedarse para los pobretones, que de disgusto les sirve la vida por el trabajo -pena con que tiran de ella. Esto murmuraba entre encías, pues los dientes se le fueron, D. Eleutetio Pelagre, que al setenta y pico de los años agarrábase á sus millones y al mundo. ¡Y que no había pasado sudores y quebrantos para amontonar tantas riquezas! Con una mano por el suelo, otra por el cielo y la boca abierta, según su frase favorita, anduvo D. Eleuterio desde que se halló en uso de razón para garbear pesetas, y tan aprovechado fué que de una hizo ciento, cuando no mil, merced á máximas certeras seguidas con testarudez inquebrantable, entre las cuales descollaba la muy sabia de que el esfuerzo de los demás, convertido en pasta monedable, le era debido por juro de su repotente gana. ¿Blandearse con el pobre? ¡Ni por pienso! ¿Hacer un favor? ¡Ni ocurrírsele! ¿Dar? Eso sí, pero con interés subidísimo y sin excluir el daño emergente, para atar bien todos los cabos y que ninguno se le escapase por el resquicio de la. imprevisión. Y así, husmeando las desdichas del prójimo para utilizarlas en su pro y poniendo un ochavo sobre tro, llegó á ser uno de los más fuertes accionistas del Banco de España y pudo saciarse con el solitario goce de encerrarse á las altas horas de la noche en su aposento, y allí, bien tapadas las rendijas para que nadie curioseara, meter ambas manos y revolverlas en un montón de billetes, que para él eran cómo purísimas fuentes de agua clara y limpia cuj O frescor se le subía por las venas calmando su fiebre posesoria. Pero llegó un momento en que á D. Eleuterio no le bastaba la propia admiración de sus facultades adquisitivas y buscó la del público, haciendo gala de su fortuna por medio de suscripciones á empréstitos nacionales, compra de créditos gordos, participación en monopolios de rumbo y dádivas de esas que tienen menos de lo que suenan, con lo cual si cambió la forma de su codicia no así su fondo, pues si antes explotó la miseria chica después se aprovechó de la grande, sin perder, por supuesto, coyuntura de acrecentar sus caudales ni mudar su condición tediosa del bien ajeno. Que con ostentaciones tales le llovieron ariiigos y le vinieron honores, se cae de su peso. Ya no era el vil usurero que retiene la fementida paga de la viuda, ni el implacable acreedor que embarga hasta la respiración del desdichado que no pagó á tiempo, sino el opulento capitalista y excelentísimo procer que hace de honrado y pasa por serlo, gracias á la holgada benevolencia y perdón que otorga el común de las gentes á los que, bien ó mal, tienen dinero. ¿Qué le faltaba á D. Eleuterio Pelagre para ser completamente feliz? Se codeaba con los buenos, le tuteaban los poderosos, le adulaban los humildes, las desventuras no le llegaban, y ni en los más obscuros recovecos de su conciencia sentía la menor turbación por sus innumerables desafueros. Pues para ser feliz le faltaba la vida perdurable ó, mejor dicho, le sobraba la muerte. La muerte pavorosa, tremenda, espantable; el finiquito de la vida, el último punto del placer en la tierra donde tan contento se hallaba y tan á sus anchas iba. Y entonces nuestro hombre, que jamás se preocupó de las cosas celestiales, dióse á pensar si podría, mediante moneda, y para el caso de que más allá hubiese otra existencia tan ubérrima para él como lo había sido la de este bajo mundo, adquirir un trocito de gloria en que su alma reposase con el rectier-