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liOS TRAJES E ñ EIi T E A T R O Mffy f OS Tribunales parisienses van á resolver, v JUVAl dentro de poco tiempo, un problema de gran interés para el arte dramático, á. saber: si las mujeres deben ó no deben representar papeles masculinos. Kn la práctica el problema está resuelto. La más gloriosa trágica contemporánea, Sarah Bernliardt, ha llevado con orgullo la capa de Lorenzaccio, la espada de Hamleto y la cota de malla d. e Peleas. Pero de lo que se trata es de la teoría. Una actriz joven á quien su director quería obligar á ponerse un traje de paje, se ha negado á obedecer, arguj endo que lo que se la exige es contrario á su dignidad artística. -Yo s o j- una artista- -dice- -y no una comparsa. Si lo cj uese necesita es una muñeca rubia, no hay necesidad de una persona C ue tiene talento- y que ha estudiado. En el Conservatorio me enseñaron á recitar y no á disfrazarme. ¡Hicieron muy mal, señorita! -c o n t e s t a el director. Y en efecto, si los- q u e reciben la misión oficial de formar artistas para los teatros tuvieran una idea justa d e lo que mayor interés d e s p i e r t a hoy, consagrarían más tiempo á la indttluentaria que á la d i c c i ó n Saber hablar es bueno- -dice alguien, -pero saber vestirse es mejor. El público perdona que las innumer a b l e s estrellas délos coliseos parisienses c o m e tan todas las faltas artísticas que quieran, con tal S. VRAH BERNHAEDT EN EL PAPBL q u e se v i s t a n bien, que sean elegantes, que sean suntuosas. No hay riiás que ver la importancia que tenía el dibujante que acaba de luorir, para convencerse de ello. Eos programas decían: Drama en tres actos El ejemplo célebre de la Srta. Iars, empeñada en llevar un sombrero hoidevardkr en una obra del repertorio clásico, es un símbolo. Casi todas las bellas actrices hacen lo mismo á cada momento. Y es que para ellas, coquetas más que todo, la mujer pasa antes que el personaje. ¿Que el autor dice traje algo jirovínctano de tela pasada, de raoda sm elegan- fe- de Donjiay, con trajes de Bicmchini, ó za- rzítela de Lti- doz ícHalevy con trajes de Bianchiniy milsica. de Aitdrdn. P o r- que los trapos pasan antes que las notas, cuando se trata de género lía- ero. Eos dramaturgos se quejan amargamente de este estado de cosas. Ea mise en scene ha matado la scenei, -dicen. -Y luego, con amargura, recxierdan todas las ocasiones en que el capricho de una modista los ha obligado á cambiar un diálogo, á suprimir un efecto, á aumentar una escena. París, Marzo, igo cia... Pues nadie acepta el papel con gusto, y la cj ue lo acepta es con el propósito firme de ve stir con el más i efinado chic. Alfred Capus dice que el único medio de hacerse obedecer por una dama joven, es ponerse de acuerdo con su modista. Si la modi. sta le d i c e Está bien lo que el autor os aconseja la actriz se somete. De lo contrario, es imposible. Yo m e figuro, sin embargo la perplejidad de un juez ante el problema de los vestidos de teatro. ¿Puedo obligar á mis actrices á que se vistan como yo quiero? -preguntará el director. Y la actriz dirá: ¿P u e d e mi empresario obligarme á llevar en e 3 cena un t r a j e q u e la l e y m e prohibe llevar en la calle, un traje que no me gusta? P o r mi parte, no s a b r í a qué contestaren buena justicia, pues uno y otro punto de vista tienen su lógica. Pero como partidario de los bellos espectáculos, daría la razón al empresario y le diría: -Sí sí tiene usted d e r e c h o Tieneusted todos los derechos, con tal que se mantenga usted siemDE PELEAS D E MAETF. RLIXCK pre dentro de los límites de la belleza. Vista usted de pajes á las adolescentes rubias; ponga usted capas románticas á las damas jóvenes; mas, por todos los santos, jamás nos ofrezca usted el espectáculo de madureces exuberantes en disfraces juveniles. Eo que debemos exigir es que no se cometan delitos de lesa línea, de leso ritmo. Sea usted tirano en nombre de la estética. A la que quiera ponerse un vestido que no esté en armonía con el papel que desempeña, obligúela usted á tener gusto. Y en cuánto á la señorita que cree poco digno de su talento y de su dignidad un traje de mancebo florentino del Renacimiento, recuérdele usted que nuestro maestro Renán supo aumentar el número de las virtudes poniendo entre ellas, después de la Bondad, á la Belleza. E. GÓMEZ CARRILLO