Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
JUICIO YKHKK I la popularidad de Eug- enio Sué en los tiempos de lucha político- religiosa, ni la de Alejandro Dujnas, el padre, en la feliz época de Moníe Cr slo y de Los tres mosqueteros, lian llegado á ser en nuestro país tan grandes como la de Julio Verne, cuyo fallecimiento anuncian los diarios. Julio Verne no era un propagandista de ideas como Sué, ni un desenfrenado iniaginador como el padre Dumas; pero la juventud y la niñez amaban á Verne, se disputaban sus obras, aguardaban con ansiedad nuevas maravillas de aquella pluma infatigable. No era tampoco Julio Verne un gran escritor, ni un hombre de ciencia profunda; quizás por eso llegó aponerse á tono con la media cultura universal de burgueses y estudiantes y fué por ellos estimado como autor favorito. Los años pasan, las escuelas literarias se suceden, se aviejan las modas. Sué está completamente relegado al olvido, J- va nadie lee El judio errante ni Los misterios ele París. Tampoco nos entretienen ya las fantasiosas patrañas de Zav mosqueteros y del Collar de la reina. El mismo Zohl, veinte años há triunfante, va perdiendo terreno de día en día. Sólo este incansable trabajador que se llamaba Julio Verne ha conservado hasta los liltinios días de su existencia un público especial, suyo, algo inocente y bobalicón, pero fiel, constante, obstinado. Sin ser un creador de ideas ni un despertador de sensaciones, Julio Verne ha sido un grande y fecundo excitaJULIO VERNE dor de curiosidades. Poseía el genio del folletín como I onson du Terrail, pero riu amor romántico á la ciencia por la ciencia le librEiba de caer en las vulgaridades v bajas chocarrerías de lioeambole. Por otra parte, injusto sería negar que Julio Verne ha sido un precursor de algunos rrandes descu- briniientos, como la naven- ación aérea v submarina, el automovilismo, etc. etc. No era un genio, y por eso en algunos casos se quedó corto, y la realidad superó á sus e. speranzas y previsiones; asi le ocurrió, por ejemplo, en La vuelta, al mundo en ochenta días, pues hoy puede hacerse en menos tiempo; pero de todos modos, ¡cuántos ratos de pura v desinteresada delectación le debemos y le deben todos los lectores de doce á dieciocho años! Esta es la edad propia para leer á Julio Verne, como lo era para leer á Plutarco en aquellos tiempos en que se creía más educativo y conveniente hacer que los jóvenes mirasen hacia atrás: lioy nos parece mejor dirigir su vista hacia adelante; y tan es asi, que ya no nos bastan las inocentes invenciones de Verne, y nos dedicamos á las perturbadoras, a las inquietantes visiones de Wells, que es un Julio Verne con alas. Julio Verne había llegado bastante robusto á la avanzada edad de setenta y siete ivia en Aniiens, en un hotel modesto, pero lleno de comoclida des. Contra todo lo que puede suponerse, sus viajes habían sido muy cortos. Poseía un balandro de d. ez toneladas con dos hombres de tripulación y en él si aventuraba, á lo sumo, de Nantes á Boulogne; contaba como una larga navegación, que una vez Ueg ó á la costa de Irlanda. Comenzó su carrera como dramático en 1850; t r a b a j ó magna e m p r e s a editorial de las obras de Alejandro Dumas, padre; pero al escribir y publicar en 1863 CÍ 7i eo semanas en globo, SU e d i- tor, Hetzel, le aconsejó q u e no compusiera ya más qtte obras de ese género. Desde entonces ha publicado, por lo menos, dos novelas al año. Las m á s famosas y dramáticas son: Viaje á la luna, Viaje eil centro de la tierra, El desierto de hielo. Veinte mil leguas de uiaje siiibnuxrino Los hijos del capitán Grant, La casa de vapor, ilíigueí Strogoff, Kcrahán el Testarudo, e t c e t c W. B. JULIO VERNE EN EL JARDÍN D E SU CASA, EN AJIIENS