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mino aguardas desde la media noche hasta el día nuevo, y momentos antes de nacer deten al primer caminante que pase, vaya ó venga. Aguardad los dos á que el día raye, y entonces el caminante h a d e hendir, con el hacha que tú lleves, un roble nuevo de un solo golpe. Después ha de pasar al enfermo tres veces de tres por entre la hendidura. lluego, espera. Y si al nacer se alegra el día con una risa de sol, cuenta á tu nieto en salvo. Si no ríe, si lo ves brumoso, señal es de que el Señor te lo quiere para su corte de ángeles. Calló la anciana, y hubo un silencio hondo. El aliento enfermizo de la superstición parecía envolvernos. A veces, aquel doliente gemía en voz ahogada, como si la voz sonase muy desviado de allí. Su abuela, entonces, acariciábale largamente é intentaba adormecerle vertiendo en su oído la música blanda de alguna canción popular. Yo, al lado de la vieja, me sentía preso de una emoción indescriptible. Creíame en un ambiente arcaico, habitando un país de leyenda. Siempre me fuera bien conocido el carácter supersticioso y agorero del alma campesina, pero nunca lo descubrí tan claramente. Hasta, entonces habíame figuraclo que la superstición de aquellas gentes se encaminaba hacia otros motivos de credulidad y esperanza. Nunca la juzgué enlazada á creencias tan remotas. Dije á la mujer si no le merecía más fe algún santo milagroso de los que son tutelares en las iglesias del país, y respondió con su acento humilde y balbuceante: ¡Ay señor... Los santos también son buenos, también; pero esto es cosa solamente de Dios. ¡Mire que quien me dio el consejo fué la Sabia de Hermunde! ¡Mire, alma buena, que la Sa ía de Hermunde entiende de muj- grandes saberes! Y al decir esto, su alma parecía aromarse con los inciensos de la fe. Creía en la virtud del ensalmo milagroso, y de su dicha ó desgracia venideras esperaba saber bien luego... A poco, allá por el confín del horizonte conrenzó á asomar una claridad tenue é indecisa, como el resplandor lejano de una hoguera que ardiese con lumbres de intensa palidez. La anciana, al verla, conmovida y anhelante, me entregó el hacha. ¡Ahora, señor! Y sobre un roble donde aún no había hojas, descargué el golpe con mano firme, y el árbol crujió al romperse en dos mitades. Luego, tomando de brazos de la anciana al niño, lo pasé con emoción casi religiosa, hasta nueve veces- -tres veces de tres- -por entre la hendidura... Y envuelto en las bendiciones de la anciana, me alejaba ya por aquel viejo camino donde caía mansa la luz del amanecer, pensando aún en el lance. Las bendiciones, ardorosas y patriarcales, me acompañaron luengo rato... Y confieso que mi aleo- ría fué grande cuando sobre las cumbres eternamente coronadas de nieves vi asomar un sol espléndido, luminoso y radiante. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA FRANCISCO D E CAMBA