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vif y- illa del mar, al sol poniente, en una playa solitaria. jos, bañado por los últimos rayos amarillentos del sol, veíase un mundo de puntitos entrando y saliendo en el agua, revolcándose y corriendo sobre la arena como una banniños juguetones; en segundo término, alguna barca fondeada, con la quilla hacia el mar á punto de extender las alas; en primer término, la arena lisa v brillante v el agua estirándose sobre ella v las oleadas viniendo, llegando sin cesar y cantando la canción del anochecer. Enderezando hacia él mar, tanteando con el bastón los acirates de arena y la cabeza echada hacia atrás, vi venir á un cie -o Andaba derecho, caminando resuelto, guiado por aquella canción del agua y el chapoteo de Tas olas, atraído por el plañir que escuchaba, seducido, tal vez, por el rítmico rumoV que oía: y más le guiaba el instinto, el tacto de la azul inmensidad, que no veía, y lo salobre del aire, que el pobre bastón que llevaba por único acompañante y lazarillo, caoaz tan sólo para conocer las durezas cíe la tierra pero no la inmensidad de las vaguedades perdidas. Una vez á la vera de las ondas y al sentirlas resbalar con suavísimo susurro, el ciego se detuvo, respiró el perfume del atardecer, se llenó los pulmones de vida y se quedó un momento indeciso, gozando de la quietud que le circundaba. Luego, convencido de que se hallaba solo delante de lá inmensidad, teniendo únicamente ante sus ojos hueros la apagada tiniebla, la llanura sin color definido v la cortina del cielo sin forma conocida comenzó á desnudarse sin rubor, sin empacho, seriamente, como si la tierra fuese ciega también. Y se arrancó del cuerpo sus harapos de pobre, pingajos desteñidos de miseria, pe dazos recosidos llenos de negra roña, ropa de ensueño surgida de otra ropa viejísima; y á medida que se desnudaba y caían de su cuerpo las migajas miserables, por debajo salía, como un roble entre las ruinas, la forma de irn hombre entero, viejo y anguloso, nevada la testa y huesudo como un santo de Memmlino- amarillento, con tonos de retablo, pero hermoso y venerable como una santa figura. En pie y desnudo delante del mar, dorándole el sol la frente, parecía una imagen arrancada de la Biblia, un profeta legendario sondeando dentro de sus ojos cerrados la gran nave misteriosa, ó un viejo santón de Judea consultando el lenguaje de las olas. Siempre con el bastón por lazarillo, fué caminando mar adentro, y al sentir las olas que le llegaban á las rodillas como un bautizo enigmático celebrado en plena Naturaleza, se mojó con la mano la vieja cabeza y se paró pensativo. ¿Qué pensaría aquel hombre? ¿Qué pensaría de aquel mar que no veía, meciéndose bajo sus pies y desenrrollando sus oleadas? ¿Con qué misterio adornaba aquellos besos pajizos del sol que él sentía desvanecerse, sin que pudiera despedirse de él? ¿De qué color debía ver en el fondo de su pensar los verdores de las oleadas, los blancos- violetas de la espuma, el suave amarillear de la arena, los cárdenos celajes y el rosa y fuego de las brumas? ¿Qué eran para él las hondas vaguedades del cielo, todo lo que vuela y resbala y lo insondable del agua v la gran Naturaleza, lejos de su pobre bastón y oculto á su mirada? Siempre tanteando, avanzaba mar adentro, avanzaba hasta sentir la fría impresión del agua cerca de sus anchos hombros; y cada oleada que venía era para él un nuevo estremecimiento, un nuevo misterio llegado de las tinieblas; era lo desconocido que venía en rumores indecisos; rosarios de caminantes, cascadas que del vacío caían, empujones de las tinieblas; era la noche que caminaba, escupiéndole á la playa. A la negra noche del ciego, poquito á poco, vino á juntarse la morada noche de la tierra. El sol se había puesto. El mar se había tornado de un verdor de metal franjeado de un suavísimo violeta: el cielo iba apagándose, con tonos rosados al ras de las olas y azules de zafiro extendidos cercando las nacientes estrellas; por el Oriente, las nubes se evaporaban, y por detrás del horizonte, un claror se iniciaba: la blanca luz de la luna que se alzaba majestuosa. Encendida salió del mar, justamente detrás de los hombros del ciego, recortándole en la sombra. La santa figura de antes, la bíblica aparición, la vieja imagen venerable, era una sombra perdida. El baño frío de la luna había disfumado al ardiente baño del sol; las olas triunfaban, empujando á la arena una pobre osamenta desnuda y temblona, y sentado allí en tierra, cubriéndose otra vez con los trapos de pobre, con la ropa empolvada, con la triste miseria hecha de despojos, parecía otra vez, ya borrada la visión, una escoria escupida, un desecho inútil de los temporales del mar, un náufrago de la tierra rechazado por las aguas; en tanto que ellas seguían el balanceo de siempre, cantando la canción eterna, cubriendo con nueva noche la noche del ciego. SANTIAGO niin. MO DE Aí. iRrÍNE AÜADES RUSIÑOL