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mera, y lo hacen en dirección á tinos jardines. ¡Qué hermoso afán de asomarse á contemplar las bellas obras de Dios! -Oye, ¿no sería por los famosos espárragos? -Calla, calla; los hombres de hoj- sois atrozmente insufribles. Alguna razón tendré para decirlo cuando tú mismo afirmas que el periódico más antiguo de Madrid es el que posee mejores noticias de las golondrinas, y el ferrocarril más antiguo de España, el que conduce á estos jardines encantados. La poesía, el culto de lo bello es ya exclusivo patrimonio de las personas y de las cosas de cierta edad. Lo recientito, lo flamante, lo juvenil, apesta á prosa como un hortera. -Kn cuanto regresemos á Madrid voy á felicitar efusivamente á Gregorio, el dueño de la tienda de antigttedades de la calle del Prado. No le creía yo tan poeta, liso sí, siempre lo tuve por un restavirador habilísimo, para quien no ofrecía dificultad alguna el convertir en mueble del siglo XVI á uno recién salido del taller de ebanistería. Para esos juegos malabares con los siglos, la marquesa del Cisne y él. Todos los que la marquesa se quita de la partida de bautismo, los arroja I) Gregorio sobre los muebles de su establecimiento. No he visto en el Circo juglares de su íu. ste. ¡Y ahora salimos con que son además dos poetas de primer orden! -Ríe cuanto te plazca. Cada uno tiene sus ideas, 3 por muchas y grandes que sean tus risas, no me demostrarás que la poesía no haya huido de nosotios. Y gracias qvie la encontremos aquí, ocirlta entre estos frondosos árboles ó reclinada al borde de una fuente... -Sin agua. -Déjame concluir. -Y lej endo La Época. Concluye. -Ya he concluido. Dijiste que habíamos venido á Aranjuez á bccguear un poco. Nadie lo sospecharía. Continúa con tu prosa zafia y burlona. Ya no te oigo; voy á hablar con Becquer. ¿Por qué no me explicas el problema de los cambios? ¿Quieres que nos sentemos en aquel banco protegido por aquellos preciosos arbustos, para platicar de las subsistencias? Anda, anímate: di, ¿como se abaratarían los espárragos? -Vaj a, no te incomodes y perdóname. Voy siendo también algo viejo, y aunque procure disimularlo, la poesía me escarabajea en las arrugas. Siento lo mismo que tú la belleza de estos lugares y el dulce influjo de la primavera. Pero no puedo declararlo sin faltar á ese convenio que, pactamos los españoles á raíz del desastre, de abominar todo aquello que encierre la menor idealidad y trascienda á leyenda dorada. Con lo, s héroes enterramos también los poetas épicos y líricos, y al mismo suave y tierno Garcilaso le enviamos con cajas destempladas á una celda de la Cárcel Modelo. Nada de poesía, nada de contemplar estéticamente la hermosura de que Dios viste los campos. Habíame del cultivo de las patatas, ó, ya. que estamos en Aranjuez, del de los espárragos y las fresas, pero no me LiIHUJOS D E MÉNDEZ BlUNÍíA atosigues con frondas, flores y fuentes. Eso no se cotiza en ningún mercado. Da poesía se enseña ahora por números, como el arte de tocar la guitarra. ¡Pobre Becquer! ¡qué traición tan grande le hemos hecho! Vinimos á Aranjuez pensando en él, y sacas del bolsillo un retrato de Villaverde. ¡Ya está vengado D. Raimundo del desavío de La Epocal- -Conformes; no hablemos más. Tú sientes un in. stante en las arrugas, supongo que del corazón, el escarabajeo de la poesía, y en seguida vuelves á las frases burlonas y caes despeñado en la prosa de los aranceles. Tu mal no tiene cura, puesto que en Aranjuez, y en primavera, no logras sustraerte á su influjo. Si pasase por aquí algún patán, conversaría con él de todas esas cosas que á ti sólo te merecen un mohín desdeñoso, y seguramente nos entenderíamos. -Sobre todo, si el patán era viejo. -Justamente; puede ser que los patanes jóvenes sufran ya la misma enfermedad que padecéis vosotros los señoritos demasiado civilizados. Se os ha secado el corazón: no sentís la poesía de estos jardines ni la de la vida. La primavera os deja indiferentes, y no comprendéis el amor. ¡Alto allá! El amor lo comprendo peiiectamente; me lo explicó el otro día tu prima Mercedes, y luego amplió su explicación tu doncella Agustina. ¿Qué dices? ¿tú hablas de amor con mi prima y con mi doncella? -Tranquilízate, mujer; la cosa fué de este modo: Tu primita me dijo que, por mucho que en ello se empeñara, no podría enamorarse jamás de un muchacho que tuviese barba negra. Ahora, si ese mismo muchacho se rasuraba concienzudamente, quizás podría amarle. Ya ves si sé lo que es el amor para tu prima Mercedes: unas navajas de afeitar. ¡Calla, calla, blasfemo! respeta á esos pájaros que se persiguen en el aire y van á posarse después sobre la misma rama. -Pues tu doncella Agustina, á tiempo de pasar yo por una habitación próxima, le decía confidencialmente no sé á cjuién de la servidumbre: Como gustarme, no me gusta del todo. ¡Pero es cochero! De suerte, que para tu doncella, el amor es la fusta, las riendas, ó quién sabe si el tronco de caballos. Ve á leerle poesías de Becquer á tu prima Mercedes y á tu doncella Agustina. Pero allí viene un patán, y viejo por añadidura. La providencia nos lo envía. Abordémosle. Diga usted, buen hombre, ¿por qué han construido estas fuentes tan hermosas, con tantas esculturas y tantos tazones y tantos adornos, si no corre el agua? -No, señor, ahora no corre, pero cuando la sueltan, cae de firme. Es como aquel que dice que está seco de entrañas y olvidado de las mujeres, y cuando da con una de su gusto, echa espuma y se desborda. -Vamonos á la estación. ¿Qué, ya te has cansado de Aranjuez? ¡Tú, tan entusiasta de sus jardines! -No. ¡Volveremos cuando corran las fuentes! J O S É DE ROURE