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CALOR Y FUEGO LOS T E M P L O S EGIPCIOS T A luz y el calor debieron ser dos de las primeras conquistas del hombre áipasar d e! estado salvaje- -mejor dicho, -del estado de bestia al de ser racional. Ver es lo primero, porque la luz nos pone en comunicación con todo el mundo exterior. Fenómeno niaravilloso por el cual lo que está fuera, sin dejar de estar fuera, llega á nosotros, se desliza por los nervios, invade ciertas regiones del cerebro y despierta la conciencia, llenándola de imágenes, de resplandores, de colores y de formas. La Naturaleza que nos rodea, con ser tan inmensa; sus valles, sus montes, su cielo abovedado, sus celajes de oro y púrpura ó de nubes tempestuosas, sus astros lejanos, todo, con ser tan colosal, con extenderse por lo infinito, viene á depositarse en unas cuantas celdillas cerebrales, como en el seno de una cámara obscura, para que las potencias espirituales de nuestro ser lo contemplen. Y al mismo tiempo no parece que nosotros lo vemos dentro de nosotros mismos, sino que vemos cada cosa donde ella está: entre sus laderas el valle; entre sus playas el mar; la nieve en los picachos del monte; él sol y los astros allá muj lejos. De manera que es como si saliéramos de nosotros mismos y nuestro espíritu fuera volando por el espacio, por mares y por continentes, por nubes y por cielos, por entre las órbitas de los astros y alrededor de cada uno de ellos. Y estos dos fenómenos, que parecen incompatibles, se verifican al mismo tiempo. Todo viene á nosotros, penetra en nuestro cerebro y se pinta en el cristal de nuestra conciencia. Pero no parece que lo vemos en el hueco del cráneo; no parece que se ve por dentro, sino que algo que en nosotros se agita sale al encuentro de las cosas. Dij érase que los rayos de luz son tentáculos que salen de nuestro ser para ir palpando el mundo visible; y un tentáculo recorre la playa espumosa, y otro acaricia las neblinas de la mañana, y otro va á tocar la inflamada superficie del sol, y otro á la estrella lejana. No parece, decimos, sino que esos rayos de luz forman parte de nuestro propio organismo; son, en cierto modo, una prolongación de nuestros nervios; de modo que cada hombre no acaba donde acaba su epidermis, sino que su ser se prolonga hasta lo infinito, y que viene á ser, como antes indicábamos, un ser racional con tentáculos de luz. -SiíS! Expliquen estos problemas, resuelvan e s t a s contradiccio- nes, si p u e d e n los filósofos; nosotros nos limitamos á describir apariencias, sin penetrar ni en sus entrañas metafísicas ni en sus repliegues científicos. Decimos sólo que una de las primeras necesidades que debió, experimentar el hombre fué la de ver. Ver claro, ver lejos, ver hasta de noche. Pero después de la luz viene el calor, que en el astro del día á la luz acompaña. Sin calor no hay vida: por lo menos, no hay la vida orgánica que el hombre necesita. Y há menester calor por dentro, porque el calor es fuerza; y calor por fuera, para que el medio ambiente no le robe el qwe tiene en su interior. Pero aun en el calórico se marca el progreso de las sociedades humanas. Para las sociedades primitivas el calor es fuego, cuya nota dominante es la destrucción. Para las sociedades modernas el fuego importa poco: lo que importa es el calor, que es el que constituye la fuerza que utiliza la industria humana. L, o cual no quiere decir que en el mundo antiguó no existieran las dos cosas á la par: el fuego y el calor. E l calor estimulando la vegetación, el calor delsólsosteniéndola vida del hombre, el calor délos aliínentós desarrollado en el interior del organismo y convirtiéndose en fuerza para el trabajo. Y, en cambio, el fuego incendiando, destruyendo, reduciendo á cenizas. Lo cual no quiere decir tampoco que hoy no existan las dos cosas: el calor benéfico y el fuego destructor. El mal y el bien son perennes. Las proporciones entre ambos son las que varían dé uña época á otra, de una á otra civilización. El hombre es bueno y es nialo al mismo tiempo. Derrama lágrinias y derrama sangre. Quema y destruye; trabaja y fabrica; pero ca, da vez importa más el calórico como fuerza creadora, y cada vez se odia más al fuego como fuerza que destruye ciegamente. Así es que la importancia del calórico como fuerza motriz, en las máquinas de vapor por ejemplo, ó en las de aire caliente, ó en las de petróleo, es de nuestro siglo. Al fuego pertenecen todos los siglos anteriores, hasta los orígenes de la civilización y más allá. Al calórico pertenece nuestro siglo XIX. El fuego es un monstruo que se ha paseado por la Historia destru JBC. yendo; el calórico es el monstruo