Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
sus cavernas, se acercó á la mujer que moría, y sobre ella se inclinó como la fiera sobre su presa. ¡Qué cosa tan extraña! ¡En aquella soledad, de entre aquella capa de nieve salía un vaho dulce, tibio, consolador; del pecho de la mujer salía la tibia bocanadal Mejor dicho, de su propio corazón. Por vez primera sintió el diablo en sus entrañas algo así como un cálido efluvio. Y aunque su cerebro estaba helado, pudo comprender que el corazón de una madre siempre tiene calor que dar al hijo de sus entrañas, aun en la hora de la muerte. De modo que el diablo, que había tendido las zarpas para coger un alma, siguió con ellas contra el pecho de la mujer, como el que las tiende para recoger el calor de una hoguera. El diablo entró en calor. Pero en esto llegó la Muerte; le miró con desprecio; le echó á un lado, como se echa el gato de la chimenea en que se calienta; cogió á la mujer y se la llevó sobre la llanura nevada. El diablo se quedó con el niño. Y como el niño conservaba todavía el calor de su madre, el diablo lo cogió en sus brazos, y también se lo llevó sobre la helada llanura. ¿Qué hago yo con esto? pensaba. Puedo darle muerte, pero sería una torpeza; sería enviar un alma al cielo, faltando indignamente á mis deberes infernales. Pudiera llevármelo al infierno, pero es todavía un ser puro; con él no podría entrar. Puedo abandonarlo sobre la nieve, y que sea de él lo que Dios quiera; pero Dios querría lo mejor, y esto no entra en- j- mis cálculos. Además, el niño todavía estaba tibio por aquel último r e s c o l d o del amor materno. Y el diablo experimen- taba cierta sensa, ción dulce apretándolo contra sus negruzcas costillas. E n s u m a que d e c i d i ó quedarse con el niño, criarlo h a s t a que f u e s e niayorcito, t o r c e r s u s inclinaciones, ennegrecer su alma, educarlo para el mal, y en su día llevárselo al infierno. El resultado fué que el d i a b l o se disfrazó de viejo, construj ó una cabana, y en ella vivió con el niño algunos años. El pequeñuelo le fué tomando cariño, porque con el mal nos encariñamos pronto. VA papá diabólico lo cuidaba paternalmente, porque si el niño se moría antes de estar maduro para la eterna condenación, lo había perdido para siempre. Mas sucedió que un día tuvo que ausentarse el diablo para fomentar no sé qué tentaciones de un viejo avariento, y en el entretanto el chicuelo, que era de la piel del diablo, se escapó; saltó por los riscos, despeñóse por ellos, y Sí: al volver el diablo se encontró al niño muerto, y á su alma, pequeñita y blanca y con forma infantil todavía, que le cogió por la mano y se lo llevó tras sí diciéndole: ¡Ven, papá! El diablo, sin saber cómo ni por qué, se dejó llevar. Y caminaron, caminaron; el niño delante, con dos alas blancas que de pronto le habían brotado; el diablo detrás, con dos alas negras; las de siempre. Y los dedos ganchudos del ángel malo, en la manila blanca del pequeño ángel. Y de él tiraba, caminando sin esfuerzo el de las alas blancas; caminando á tropezones, torpemente, desesperadamente, el de las alas negras. Así llegaron á las puertas del cielo. Ea puerta se entreabrió. Entró el niño, siempre tirando de la mano del diablo y diciéndole: Entra, papá. Pero cuando entró el niño, la puerta del cielo se cerró de golpe y le cogió los dedos al diablo, estro- peándoselos para siempre. El diablo lanzó un aullido y clavó la zarpa izquierda en la puerta. Desde entonces quedó el diablo zurdo, y será zurdo por los siglos de los siglos. JOSÉ D I B U J O S DE M É N D E Z B R I N C A ECHEGARAY