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de Echegaray, desde que se alzaba el telón hasta que caía por última vez, mi cuerpo estaba en una constante y escandalosa sacudida. Yo, señores, lloro en el teatro; soy tan candido como todo eso; ¡y lo que me ha hecho llorar D. José! En suma: que unas veces por el horror y otras por el llanto, al terminarse la función me parecía que acababa de recibir una paliza. Digan ustedes si eso es divertirse y gozar. -A mí, general, me sucede lo mismo. Yo también soy de las que lloran y padecen horriblemente en el teatro. Cuando vi La escalinata de tm trono, soñaba todas las noches con escalinatas. Y gracias que en mi casa hay ascensor. -Pero lo peor del caso es que cierta noche, hablando con mi sobrino de las sacudidas nerviosas, de las crispaciones de horror y de las abundantes lágrimas que me arrancaba el teatro de Echegaray, el diablo del muchacho hizo un mohín desdeñoso y dijo: ¡Bah! ¡Efectismos vulgares y groseros! -ICo sé cómo hay quien se interese, ni se conmueva, ni se convenza con eso! Ya ven ustedes si sabe el muchacho, aun cuando todavía no ha tenido novia. A mí me dejó pegado á la pared. ¿Ha visto su sobrino Un critico incipiente? -Supongo que no. Ambos, y aunque por diferentes motivos, leyendo el nombre de D. José en los carteles, ¡cabeza, variación izquierda! Pero yo, cuando me dijo lo de los efectismos vulgares y groseros, me eché á pensar: ¡Pues buena la has hecho, amigo! ¿De modo que todos tus sobresaltos, tus estremecimientos y tus lloros tenían por causa cosa tanbaja y despreciable como unos efectismos vulgares y groseros? ¡Te luciste, Maldonado! Sentir horror y verter lágrimas por imposición del arte puro, es hasta plausible; pero dejarse vencer por unos efectismos plebeyos y vulgares, eso no tiene disculpa ninguna. Mañana voy al Español, y aunque representen el drama más emocionante de D. José, no derramo una lágrima ni me conmuevo lo más mínimo. ¿Efectismos á mí? ¡Ni á mí ni á mi sobrino, Sr. Echegaray! ¿Y fué usted? -Fui, efectivamente. ¿Y qué representaron? -El loco Dios. De lo más fuertecito de la casa. ¿Y se quedaría usted tan tranquilo? -Pues, no, señor, no me quedé tranquilo, sino que estuve en un ¡ay! toda la noche. -Pero, general, ¿y los efectismos? -Como si no lo fueran. Yo padecí, y lloré, y me conmoví, lo mismo que si todo aquello que pasaba en escena fuera la realidad más absoluta. Vean ustedes, ¡hasta me pareció que el loco Dios se daba un aire á mi sobrino! Ello es que salí del teatro tan destrozado como siempre y diciendo para el cuello de mi gabán: No vuelvo más; decididamente no vuelvo más. Ángel tendrá razón: serán efectismos vulgares 5 groseros, pero acierte ó se D I B U J O S D E M É N D E Z ERINÍ 5 A equivoque Ángel, no vuelvo más; yo no estoy ya para emociones fuertes, sino para dormir las digestiones en un sillón del Casino. Admiro á Echegaray, le reverencio, pero paso. A él le dan el premio del inventor de la dinamita, y después de embolsarse los cuartos, nos hace volar á nosotros. Perdone D. José, ¡yo no vuelvo! -Sin embargo, general, no hace muchas noches le vieron á usted en el teatro. -Claro que voy; las noches son muy largas, y hay que matarlas de algún niodo. ¡Entonces... -Pero voy con mi sobrino. ¡Ah, ya! -Y cuando hacen su teatro, no el de Echegaray. A mi sobrino le entusiasman los dramas hondos, de mucha psicología, de mucha realidad, aunque simbólicos y á mí me seducen también. Abandona uno la localidad tan sereno y tranquilo como la ocupó, y lo mismo que si le hubieran explicado álgebra, sin una conmoción, ni una lagrimita siquiera. ¡Eso encanta! ¿Pero no estaría usted mejor en su sillón del Casino? -No lo crea usted; se duerme muj- bien en las butacas. -A mí me sucede lo mismo: para doriuir, el teatro. ¡Marquesa, por Dios... -Créanlo ustedes: el calorcillo del público, el run- run délas conversaciones y el no importarle á una nada de lo que sucede en escena, predisponen maravillosamente al sueño. -Muchos días viene á mi casa Ángel y me dice: ¡Tío, esta noche, un drama délos más hondos; ya he tomado las butacas! ¡Bendito seas, sobrino, le contesto; lo que voy á gozar esta noche! y se me cierran los párpados de gusto. Durante la representación, Ángel exclama alguna vez con acento solemne: ¡Qué obra tan inmensa! ¡Inmensa! respondo yo adormilado; ¡qué estudio tan maravilloso, maravilloso; sin un efectismo, sin un efectismo! Es la misma realidad; no pasa nada, ¡pero cuánto pasa! Ya lo creo; tres horas de sueño delicioso. Y ahí tienen ustedes explicado por qué reverenciando á Echegaray, detesto su teatro, y en cambio me entusiasma el teatro de mi sobrino. ¿De suerte qué no tomará usted parte en el homenaje á D. José? -Sí, señor, eso sí. Ya dije que admiro su poderosa inteligencia. Iré á tributarle públicamente un aplauso, y además le llevaré un retrato de mi sobrino para que le busque novia, porque acaso el amor y los sentimientos más hondos de la vida no sean más que efectismos vulgares y groseros. Cuando los años ya no nos permiten resistirlos, entonces se duerme uno en la butaca, frente á la realidad escénica, que es la misma realidad, porque no pasa nada. ¡Absolutamente nada JOSÉ DE ROURE