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p- áblico que sale á que le diviertan; un sol primaveral brindando en pleno invierno las caricias de iMayo, y el aire lleno de gritos en falsete de cencerreos y trompetazos que se acercan y se alejan como una tromba... Y yo en la caravana de prima I uz, entre las amigas y amigos de la familia, andando dos ó tres veces el camino del Canal, saltando los guardacantones, los arriates; tirando de- las mangas á los pierrots y de sus largas casacas á los caballeros de la corte de Carlos IV, apedreando á los perros... ¿Qué locura me invadía? Bien sabéis que hay pocos heroísmos que no vayan brindados á un corazón de mujer. Era Carmen, ni más ni menos que Carmen, la que me impulsaba á todas aquellas expansiones. Quería que me mirase, que me admirase, que se riera con mis gracias, que se interesara con mis hazañas, con mis saltos y mis actitudes. Llegué á pegar papirotazos en las narices postizas de algún dependiente disfrazado y a insultar á las máscaras zarrapastrosas. Todo para verla sonreír y para que me enviase una mirada de inteligencia á través de sus pestañas negras, tan espesas y tan curvas. -Ese chiquillo- -habla mi tía- -tiene- venas... Otros días no se mueve, y hoy parece el demonio. ¡Un demonio! Eso hubiera querido yo: asombrar á Carmen con lo más extraño y lo más estupendo! Que me viera echar llamas y volar. Ya que eso era imposible, andaba, saltaba y corría en todas las formas imaginables, y á los ojos de mi prima Luz quedé aquella tarde como un perfectísimo majadero. Pei o no era majadería. Era la explosión de una fuerza nueva que brotaba en mi alma con toda la pureza de la flor de la nieve. Para agradarle á ella, yo no podía derribar imperios ni conquistar mundos. Hacía lo que buenamente estaba á mis alcances, y lo cierto es que conseguí lo que sin saberlo me proponía, porque Carmen, muj- seria siempre, humilde y modestita como la Cenicienta, como la amiga fohre de mi amiga Luz, estuvo toda la tarde sonriéndome y aprobando con la mirada mis innumerables fantasías. Volvimos 3 a de noche. Carmen y yo éramos amigos, y Luz nos miraba con un gesto muy fosco. Nos despedimos á la puerta de su casa, y aquella noche mis ocho años forjaron un palacio ideal de muros transparentes y de alfombra de pétalos de rosa, por cuyos jardines encantados paseábamos, cogidos de la mano, Carmen y yo. Al domingo siguiente volví á casa de mi prima Luz. Toda la semana había estado esperando con esa impaciencia febril que ponen ios muchachos en todos sus deseos. No estaba Carmen, ni yo pregunté por ella, porque desde muy niños tenemos conciencia de que deben guardarse para nosotros emociones y sentimientos. Pasó el día, y Carmen no llegó. Ni llegó al domingo siguiente, ni volví á verla nunca más. Cada vez que salía de casa de mi prima, bajaba las escaleras desolado, como si descendiese del palacio ideal donde nacen las primeras ilusiones, Y he aquí un amor de infancia que, aun muerto casi antes de nacer, persiste en los recuerdos á través del tiempo, v tiene todavía calor bastante para animarse y revivir en esta evocación. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA LUIS BELLO