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iQM, MOR de niño agua en cestillo, dice el refrán. Pero es un refrán vulgarísimo, y más que vulgar, y Í falso, inventado sin duda por una vieja lugareña que fracasó en sus gestiones casamenteras por culpa de un amor de niño. Recientes ó lejanos, renovad, lectoras, vuestros recuerdos, y vosotros también acordaos de aquélla edad en que toda la vida salía del corazón. Tenía yo ocho años. Era miércoles de Ceniza y no había colegio. Mi prima Luz me había convidado á comer y yo esperaba la hora ilusionado, porqué mi vida se deslizaba en un aislamiento sombrío y silencioso, sin madre, sin hermanas, sin el calor de la protección femenina, que abre el carácter de los niños como el calor de la madre abre á los polluelos el cascarón. Dos años más que yo tenía la prima Luz y me despreciaba olímpicamente. Ella estaba en una esfera superior y no teníamos el mismo concepto del mundo ni la misma filosofía. Su mayor placer era anonadarme cuando iba á verla y presentar á mi admiración, una p o r u ñ a todas las cosas asombrosas, del gabinete, del tocador de mamá, las chticherías ybíbclots esparcidas. en mesas y veladores. ¿Creeréis que aún ahora, después de tantos años, no se ha desvanecido cierta rencorosa admiración que tributaba yo entonces á mi prima Luz? Pero aquel día no estaba ella sola. Comía en casa Carmen, la niña del segundo. Muy delgada, muy isálida, con unos ojos negros de aterciopelada dulzura y unas pestañas demasiado largas, demas a. ¿o curvas, que dejaban caer sobre el rostro suaves reflejos azulados. ¡Cuánto habló mi admirable prima! ¡Cuántas historias estupendas nos contó, abusando de su calidad de niña de la casa! Carmen y yo, protestábamos en silencio. En la mesa, cuando las advertencias de Luz y de su madre nos dejaban en paz, veía yo á Carmencita con los ojos bajos mirando al plato con más inquietud que encogimiento y me daban ganas de ir á decirla: ¡Cómo nos están aburriendo en esta casa! ¿verdad? ¡Y cómo nos fastidian! Luego, mi prima se vistió. íbamos á la calle, á la pradera del Canal. Luz salió con un traje azul lleno de adornos pomposos y tropicales. La mamá con un vestido de seda ensanchado dos veces; el papá flamante y endomingado. -Sube á casa, Carmen- -dijo mi tía; -que te vistan, y vienes con nosotros. Y la pobre Carmencita se puso colorada, porque iba ya- vestida con aquel vestidito negro, que era el mejor, el de los domingos. -Pero, mamá, si no tiene otro, -dijo Luz compasiva. -Pues que venga así. ¿íC Y así fué Carmencita, y á mí me parecía que iba mucho mejor que mí priiha Luz y que todas las princesas del mundo. Necesito que los: que me lean sientan como yo que el niño vive todavía en ellos. ¿Cómo, si no, voy á atreverme á, contar las mil extravagancias que hice aquella tarde, movido por no sé qué impulso misterioso? Deja, pues, este artículo aquí, lector grave; estas son niñerías que no te interesan. Miércoles deíiCeniza: la turba vocinglera de máscaras corriendo Prado abajo; l a s calles, llenas de f