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mejores resultados. I os pretendientes pusiéronse á observarse con recelo, y murmuraban: Ya veréis, se decían los de ingenio pacífico, cómo se lleva la palma algún guerrero; sus hazañas suelen ser deslumbrantes. Seguramente triunfará alguno de esos sabios de biblioteca, declaraban los guerreros; sorprenderá al tribunal con cualquier descubrimiento. I a princesa será para uno de esos virtuosos, murmuraban los potentados; los rasgos de humildad, aunque acostumbran á proceder de la mayor soberbia, obtienen siempre lo que se proponen. Los virtuosos no decían nada, pero pensaban que en aquella lucha quedarían obscurecidos y se resignaban por adelantado á su derrota. De todos modos, los pretendientes hubieron de aceptar lo que proponía el rey y, después de besar uno á uno, con tristes y hondos suspiros, la mano de la princesa, salieron del palacio, y el mismo día, del reino. Poco faltaba ja. para que expirara el plazo. Aún no había vuelto ningún pretendiente; verdad es que el rey les encargó que üo se presentaran hasta la fecha precisa. En el reino se hacían grandes preparativos para la solemnidad del caso. El tribunal estaba ya nombrado. Pero un tristísimo suceso vino á sembrar de improviso la desolación y la angustia. Ea princesa cayó gravemente enferma. Acudieron precipitadamente los más afamados galenos. Dijeron unos que la intensísima fiebre de la princesa era debida al exceso de calor de aquellos días; otros, que al excesivo frío de aquellas noches; hubo quien habló del agua y quien aludió al aire; cada cual prescribió una medicación distinta, adujeron textos varios, recrimináronse entre sí, tratáronse con menosprecio... y la princesa, la bellísima y discretísima princesa, murió... Murió el mismo día en que expiraba el plazo concedido á sus pretendientes. Llegaron éstos en los mismos momentos en que se cerraban para siempre los hermosos ojos de la princesa. Eos pretendientes, transidos de dolor, aniquila- Ü dos en sus esperanzas, quisieron todos, sin embargo, como supremo homenaje, declarar ante el cadáver las acciones que habían realizado. Presentáronse todos en la mortuoria estancia. Ea princesa, en su catafalco de flores, reposaba tranquila, bella siempre. -Yo, para merecerte- -dijo uno de los pretendientes, -he vencido en cien combates y he conquistado para mi país cien nuevas tierras. -Yo- -declaró otro- -he acrecentado mis riquezas hasta el punto de que puedo construir de oro tu palacio. -Yo he descubierto nuevos astros á los que he puesto los nombres de tus gracias. -Yo he enjugado las lágrimas de los pobres y he reconciliado á los enemigos. Y así fueron sucesivamente desfilando los pretendientes... Ea princesa, bella siempre, reposaba tranquila en su catafalco de flores... Ya no faltaba más por declarar sus actos que un pretendiente. Era un príncipe rubio, gallardo como un Apolo. Acercóse temblando; sus ojos estaban llenos de lágrimas; balbuciente, exclamó: ¡Oh amadísima princesa! ¡oh bella como ninguna! Nada, pobre de mí, puedo yo declarar en tu presencia. Te amaba tanto, que cualquiera acción me parecía indigna para merecerte. Nada intenté. Nada hice en este año sino pensar en ti. Mi amor era tan grande, que me abstraía de todo otro pensamiento; la intensidad de mi amor paralizaba todas mis acciones... ¡Te amaba y te amo, princesa mía, como jamás se amó en el mundo... Y el príncipe se abalanzó al catafalco, estrechó entre sus brazos el rígido cuerpo de la princesa y unió con los fríos labios de ella los palpitantes suyos. ¡Prodigio! Ea princesa abrió los ojos, se estremeció su cuerpo, sonrió. El catafalco se deshizo y se transformó en florido lecho... El triunfo del amor asombró á las gentes, EEMA: EROS (NÚMERO 42 DE NUESTRO CONCURSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS DIBUJOS DE VÁRELA