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nados tienen su buen cuarto de hora cuando han pa. sado -a de los cincuental Mira tú, la otra tarde regresaba yo del barrio de Salamanca en un tranvía. Seis señores y cuatro señoras me acompañaban en el viaje. De ellos conocía á tres, aunque sin tratarlos como amigos. De ellas á ninguna. Uno de mis conocidos era ó es un padre de familia, capaz de jugarse hasta el sombrero de la chica menor; tiene varias. El otro, en cambio, goza acreditadísima fama de usurero cruel y sanguinario. El infeliz que caiga bajo su, pagarés ó sus hipotecas, deja la piel 3- le entierran de limosna. Cierto que ese señor no realiza por sí mismo sus terribles operaciones; tiene varios agentes ó verdugos subalternos para la desollación del prójimo. A él, según veo en los periódicos, le dan cada año una gran cruz, y todo el mundo le considera persona dignísima y honorable. Sólo los que estamos en el secreto le miramos de reojo, esquivando su saludo. Pues mi tercer conocido es, á pesar de sus años, que van ya siendo numerosos, un conquistador de primera fuerza. Según los murmuradores, reparte el buen señor su tiempo en maltratar á la mujer propia y perseguir á las ajenas. Pues bien, voy al caso. Cuando el tranvía llegó frente á San José, se alzaron todas las manos derechas de los viajeros; los hombres se descubrieron, las señoras se persignaron, y yo pensé: ¡Pero Dios mío, qué buenos somos todos en Madrid; da gusto vivir entre gente tan santa! Y eso que no estábanros aún en Cuaresma. Figúrate las mviestras de religiosidad que darán actualmente el jugador, el usurero y el libertino. ¡Sobre todo los viernes! -Eso no quiere decir nada. -Claro que no. -Entre las personas devotas puede haber también quien no sea digno, por su conducta, de que le favorezca Dios. Pero fíjate en que ser malo y además irreligioso es doble delito. -Sí; pero cuando la santidad de dentro no acompaña á la santidad de fuera, no se es religioso, sino hipócrita. En fin, no quiero turbar tus oraciones próximas con estos juicios míos. Xo te acuerdes del tranvía y reza como si no hubiera en el mundo jugadores, usureros y libertinos que ofenden á Dios con su saludo más que con sus pasiones ó sus vicios. O mejor dicho, acuérdate y reza por ellos. Kadie necesita más del rumor de las preces sinceras que los sepulcros blanqueados. Y para los efectos de blanquear sepulcros en ¡Madrid, debe de estar nevando siempre. -líxageras de un modo terrible; en Madrid abunda la gente buena, especialmente entre las señoras. Los hombres sois, efectivamente, ¿cómo lo diré yo? un poco torcidos. -No, no; eso era antes, en aquellos desastrosos tiempos del himno de Riego, cuando la turba se batía en las barricadas y los señores hacían gala de sus ideas progresistas. ¿Progresistas? ¡Valientes DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA cursilones! No cogían el Poder más que de ¡o- jlayo; en el corto tiempo de gobernantes, todo su empeño consistía en demostrar honradez, aprovechándose muy poco ó nada de los goces y rentas del mando; 3 criando les llegaba su hoi- a mortal, se iban derechitos al infierno. Y se lo nerecían, por bobos. Ahora 3 a no hav nada de eso. Todos los madrileños somos unos santos, al menos á juzgar por la unción con que nos descubrimos al pasar por delante de las iglesias. Profesamos en política ideas m u y templadas, ó no tenemos ninguna. Lejos de sostener opiniones irreligiosas, nos ofende gravemente que alguien las enuncie en nuestra presencia; 3- si por dentro de nosotros reina una soledad desoladora, por fuera, ¡oh! por fuera parecemos todos aspirantes á la canonización y la hornacina. ¡Si da gusto vivir codeándose con gente tan buena! I- Ia 3 hasta quien no mezcla ni un solo día de Cuaresma. ¡Ya lo creo! -La marquesa del Cisne, por ejemplo. Bien es verdad c ue, para desquitarse, mezcla el resto del año. Ivn fin, no te detengo más; entra en la iglesia y pide fervientemente por los pecadores; pero pide con mayor fervor por los fariseos. Los beneficios de tu rezo alcanzarán á más personas. -Lo haré como lo deseas. -Y cuando hable con Paquito Ponce volveré á buscarte. ¿Deseas que te acompañe á algún sitio? -Sí; si cj uieres, iremos á casa del sastre. -Yo no pienso por ahora encargarme ropa. -No, á casa de mi sastre. ¿Del tuyo? -Naturalmente, del que me está haciendo el traje de levita. Se me ha ocurrido una duda, 3 quiero consultársela. ¿Dudas sobre una levita? ¡Gracias á Dios que encuentro quien dude de algo! Las mujeres 3 los hombres, desde nuestra venturosa santificación, v a no dudábamos de nada. ¡Tan firmes v sólidas eran nuestras creencias! Pero dime: si vosotras, tras de habernos convertido, porquejuzgo indudable que nuestra conversión es obra femenina, os vestís de levita, 3 no se ve una señora que no la lleve, Madrid va á parecer un pueblo de santos 3- de santas de etiqueta. No digo o que os sienten mal esos trajes sencillos, severos, casi uniformes; pero si las mujeres prescindís de las telas de tonos alegres y de las formas caprichosas 3- variadas en la indumentaria, y los hombres nos embutimos también en la severa prenda de la religiosidad aparente, esta va á ser la capital levítica por excelencia. No, no, pídele á Dios lyae vuelvan las modas antiguas, que con todos sus defectos 3 fealdades encerraban algo de poesía. Dile de mí parte (jue rompa la uniformidad monótona de vuestros trajes 3- -de nuestras almas. ¡Un rav o de sol para sus obras in ¿s perfectas, los cuerpos femeninos l a s almas varoniles, 3 entro ahora mismo en la iglesia! JOSÉ DE ROURE