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VERDADES Y MENTIRAS hace muchas semanas, el stre inventor Thomas Alva Edison convidó á comer á varios amigos. La comida fué del mejor gusto, y cuand o los comensales empezaban á gozar las delicias de la sobremesa, descorrióse de repente la cortina de una puerta disimulada en la pared, y tras ella aparecieron dos esqueletos en pie, alumbrados p o r una luz extremadamente lúgubre. Los dos esqueletos dirigieron á los convidados una graciosa reverencia, y después uno de ellos comenzó U N CAPRICHO DE EDISON á taíier un violín y el otro á cantar con alegre vo 2 canciones divertidas. Terminado el pequeño concierto, pareció salir de las abiertas bocas de ambos siniestros personajes una voz lúgubre, como del otro mundo, que decía: N o s otros fuimos lo que sois; pensad que seréis un día lo que nosotros somos. Dicho esto, los esqueletos hicieron una nueva reverencia y la cortina volvió á correrse. Los convidados de Edison se hicieron desde luego cargo de que los dos esqueletos eran dos autómatas movidos por la electricidad y sus voces salían de sendos fonógrafos que entre las costillas llevaban; pero este convencimiento no les impidió pasar un mal r a t o Lo curioso de esta historia es ver al mayor inventor de iostiempos modernos, al ecuánime y equilibrad o Edison, repetir en son de experiencia científica las fantasmagorías de que en tiempos ya lejanos se ha ser- vido Ja humanidad para muy otros fines. Cualquier cosa hubiera podido esperarse de Edison jnenos que hiciera servir la electricidad, p o r él dome ñada, afines puramente ascéticos. Los japoneses duermen p O M O DUERMEN siempre con la cabeza ha LOS J A P O N E S E S j g, JM J. y observan esta costumbre con tanto rigor, que en toda alcoba particular ó de fonda ó casa de huéspedes se hallan señalados en las paredes los cuatro puntos cardinales. A los muertos los colocan también en la tumba con la cabeza hacia el N o r t e Esto parece una tontería, ¿eh? Pues ya se ha demostrado en la guerra q u cuando los japoneses ponen hacia el N o r t e la cabeza (a! N o r t e han caminado siempre hasta ahora) saben salirse con sus propósitos. La célebre princesade CaramanF Tr i ir Chimay, que tanto escándalo dio en toda Europa p o r sus aventuras con el violinista húngaro Rigo, ha puesto brusca y prosaicamente fin al idilio, despidiendo al húngaro con un regalito de seiscientas libras y casándose con un empleadillo italiano llamado Guillermo Riccardo. Sigue este problema p r e o O S S O M B R E R O S cupando á m u c h a gente. E N E L T E A T R O Apropósito de él recogemos una anécdota ó un suceso de cuya autenticidad no podemos responder, pero que se dice ocurrido en el teatro de Varietés, de París. Un caballero de buen humor entra en el teatro y se sienta en las butacas detrás de una señora exornada con ún sombrero de los de tamaño mucho mayor que el natural. El caballero, no queriendo desistir de ver lo que pasa en el escenario, se pone, en son de p r o testa, su sombrero de copa. Inmediatamente varios espectadores se fijan, y á los cinco minutos, butacas y palcos y galerías, la sala entera grita: ¡El sombrero, el sombrero! El caballero, á voces y valiéndose de una mímica expresiva y elocuente, procura hacer entender al público que su sombrero es mucho menos voluminoso y menos incómodo para los espectadores que el de la señora de delante. La gente no se da por convencida, y el caballero tiene que descubrirse; pero llega el entreacto y el señor va en busca d e una actriz amiga suya, á la cual pide el sombrero más grande que tenga. Con el sombrero de señora en la mano, atraviesa el pasillo de butacas, se sienta en la suya, y al levantarse de nuevo el telón se encasqueta tranquilamente el monumental y abusivo sombrero de la actriz. E n t o n- ces, á las protestas sustituyen las risa 3... pero en realidad no se consigue nada práctico. E s decir, que la institución de los sombreros en las butacas no habrá qui en pueda con ella, porque cuando una institución resiste al ridículo, n o hay revoluciones que la derriben.