Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
I. iLm? JL BRAKDE S IZíi A de las cosas que más extrañan á los V fífL reporters que van á casa de Marta Brandes en busca de intimidades publicables, es la sencillez de la ilustre actriz. -Parece u n hombre- -decía al terminar su interviú un periodista inglés. Y en efecto, por sus maneras francas, por su carencia de coquetería, por su charla sincera, más hace pensar en un artista que en una actriz. Su seducción y su coquetería las deja para el teatro. Representando papeles modernos de esos tan sutiles, tan complicados, tan llenos de matices sentimentales, llega á parecerse á Réjane; de tal modo sabe ser la encarnación enfermiza del alma parisiense. Pero en su botuioir, entre su piano y su biblioteca, es un ser sin doblez que niira de frente, que da la mano c o m o u n gentleman y que ríe como un muchacho. Un día, cierto crítico teatral que preparaba un estudio sobre ella, fué á visitarla y la dijo: -Enséneme ustedsus joyas. ¿Mis joj as... -Sí... ya usted sabe que hoy es necesario decir cuántos diamantes tiene una actriz y cuántos millones valen sus p e r l a s para que el público consienta en admirarla. -Pero es que yo no le pido al público que me admire. -Bueno, no. importa; e n s é ñ e m e usted sus joyas. Y a que usted se empeña... Y la encantadora ar tistafué á su cuarto de trabajo y volvió con un libro encuadernado en pergamino, que puso entre las manos del crítico curioso diMART- ciéndole: -Esto es lo único que en mi casa tiene un gran valor. Era una novela de Barbey d AurevilU con una dedicatoria escrita al pie del retrato, dedicatoria q u e r e z a Cuando covte nplan de este hor ib? e se enternece 7i. d Marki Brandes los ojos Y luego, con entusiasmo de verdadero poeta, evoca la noble figura que, viviendo en un ensueño perpetuo de grandezas, supo pasar por el miserable camino de la vida cual un príncipe de leyenda. -Vivía en una buhardilla- -dice, -pero á él figurábasele un palacio. Cuando alguien llamaba á la puerta, salía él mi, snio á abrir, quejándose de que sus criados estuviesen de paseo. E n Seguida, para excusarse de la humildad de swho iie, asegurabaque sus muebles se habían quedado en su castillo, allá en Nonnandía. Y todo aquello era verdad, aun no siendo real. El tenía en la imag i n a c i ó n servidumbres y palacios. Eos veía, gozaba de ellos. Pero como sabía que los demás eran incapaces de verlos también, disculpábase como podía. ¡Pobre gran hombre! ¡Cómo le quise siempre... Este cariño, que tantas simpatías había de granjear á la actriz entre los escritores, tenía, en cambio, que serla funesto entre sus compañeros de teatro. Eos cómicos no abrígan un gran amor por las actrices q u e hablan como poetas y que carecen de coquetería. Así, los señores societaires d e l a C o m e- El critico, algo corrido, se marchó, en lo que hizo lual, p u e s d e quedarse habría oído decir cosas muy interesantes sobre el condestable de las letras francesas, como llamaban á Barbey sus amigos. -Era para mí un verdadero pad. re, -exclama JSrandés hablando de él. dia Francesa obligaron á Brandes á poner su renuncia, y luego, invocando un decreto napoleónico, le exigieron doscientos mil francos de d a ñ o s y perjuicios p o r haber abandonado el papel que desempeñaba, sin esperar antes que el s e ñ o r administrador le acusase recibo de su dimisión. Ella se echó á reír. Viéndola libre, los Elí. VKUiiS poetas fueron á ella. La llevaron obras admirables de frescura, de juventud y de pasión. El público, que antes no la había visto sino en las obras fastidiosas del repertorio oficial, vestida con trajes de crinolina, encarnando almas apolilladas, acogió su fuga con frenético entusiasmo. Cada una de sus creaciones es u n triunfo. Pero entre todos sus triunfos, el que más le complace seguramente es el de haber logrado que Jules Eemaitre abandonase al fin la política y se consagrara á escribir para ella- -sólo para ella y sólo por ella- -esa Massiere que París sigue aplaudiendo. E. GÓMEZ CARRILEO París, Febrero de i Oj.