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jiiiento estaba todo un niiindo de acusaciones ante sti próximo delito; lo que más detenía su audacia era que su mujer llegase á saberlo, y ¡adiós la adorada leyenda de su virtud! ¡adiós espejo v flor d e todos los maridos andantes! Momentos de vacilación; ligero examen de conciencia, y por fin, el triunfo del ángel malo de D. Fidel. Decididamente iba al baile. El pretexto era lo de menos; por confiada, su mujer no sospecliaría. Cualquier cosa: una recepción en casa del ministro. ¿Cómo podría dudar de su palabra, cómo sospechar de un hombre garantizado en el cultivo de la fidelidad durante veinticinco años? Sí, era lo mejor: una recepción en casa del ministro. Y con apuros de debutante, fingiendo hondo pesar, encubriendo su sobresalto, dijo á su esposa que aquella noche tenía que salir, así, de un tirón, y como doliéndose mucho. La lucha del hombre con el frac fué terrible. ¡El tiempo que no se le ponía! Por fin, sudoroso, congestionado pudo embutir su cuerpo en aquel tirano traje, que se negaba en absoluto á concederle l a más pequeña comodidad. Criando entró en el salón, el fulgurar de las luces, la marejada de risas y voces, el cancaneo de la, música abobalicó su cara con expresión idéntica á la del incauto provinciano, que al llegar á Madrid invita al consecuente y siempre nuevo timo de los perdigones. Y una niascarita de menudo cuerpo, bullidora, de fresca risa, tomándole por un brazo, le sacó á bailar. ¡Valiente apuro el de nuestro hombre! Si se llama bailar á dar vueltas sin ritmo ni arte, dando á la pareja continuos pisotones, á moverse con lentitud de buey, sí que bailó, y con gran regocijo de l a concurrencia, que hizo corro en seguida y hasta le saludó con un ¡viva tu madre! estupendo. Poco á poco, D. Fidel fué disipando su aire tímido y hasta se permitió algunas libertades con su pareja, gracias al poderoso auxilio y á la energía que le prestó el champagne, pues de lo contrario, hombre perdido. Un terrible y estruendoso fogonazo de magnesio muy cerca de donde él estaba le hizo palidecer. Un fotógrafo obtenía, para su publicación en las revistas ilustradas, instantáneas del baile. A los cuatro días, cuando mimosamente, y como de costumbre, iba á obsequiar con una aceitunita á su mujer, ésta, irguiéndose de súbito como una serpiente, le mo. stró amenazadora un periódicoilustrado, ante cuya vista se le demudó el semblante á D. P idel. ¡Era una fotografía del baile, con nuestro amigo en primer término, del brazo de una máscara, levantando victorioso una botella de champ a g n e D e b a j o decía: Entrada triunfal de Ctipidoy Venus d los acordes del himno del amor. ¡D. Fidel, Cupido! Renunciamos á pintar la escena subsiguiente, porque al otro día figuró en la sección de sucesos de todos los periódicos. Las felicitaciones de amigos y parientes y las chirigotas llovieron sobre D. Fidel, que, en honor á la verdad, había salido admirablemente retratado. ¡Muerto soy! -dijo nuestro héroe al ver el periódico y su leyenda rota. Y c a y ó c o m o d e s l e í d o en u n a b u t a c a Diiiajos DE SANnir. LUIS GABADDOX