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XviL X v K Y K K H) H O T A íJíJ ON Fidel era un modelo de maridos. Su esposa, cuantas veces se hablaba de infidelidades iVVjP conyugales, de contrabandos amorosos, ponía á su buen Fidel por espejo, ñor y nata de cónyuges; tan segura estaba de su corrección y de su lealtad. Y quien hubiese visto á don Fidel regresar impaciente de la oficina, salir de paseo con su esposa en las horas de sol, darla en la comida de lo suyo con su propio tenedor, envolviendo los obsequios con el cariño de amabilísimas y porfiadas palabras; quien le viese por la noche, ai calor de la lumbre, en el empeño y en la victoria de los más rebeldes solitarios; quien le observase los domingos, del brazo de su esposa, penetrar en la iglesia, dándola afablemente del agua bendita, ofreciéndola con galantería de enamorado un cómodo asiento, á buen seguro que pondría las manos en el fuego por la virtud de D. Fidel y hasta con admirativo gesto de asombro dijérase para su ánimo: ¡Oh, qué rarísimo ejemplo de cónyuge! ¡Qué cosa tan nueva, al par que edificante! Sus mismos compañeros de oficina, que de continuo aiuenizaban los expedientes con chirigotas á D. Fidel sobre su probidad conyugal, le prepararon unas cómicas bodas de plata con motivo de celebrarse el veinticinco aniversai- io de su matrimonio, disponiendo su coronación, una pintoresca corona confeccionada con el balduque de los legajos, que á sus sienes ciñeron con obleas, homenaje que don Fidel, que también tenía algo de pequeño filósofo, aceptó con aparente unción. ¡Y, sin embargo, nuestro héroe aún sentía un calorcillo de rescoldo, tibia sensación de placer que encandilaba su mirar y encendía sus labios, cuando hallaba por el camino una garrida moza de opulentos andares y bien pronunciados flancos! Y D. Fidel elevaba resigaadamente los ojos al cielo como demandándola gracia que ya por sus años le faltaba, y después seguía con paso corto su marcha tranquila hacia el hogar. Así, no era oro cuanto brillaba. Además, se había convertido de conquistador en prisionero de su esposa desde los primeros meses de matrimonio, haciendo á su mujer entrega de armas, bagajes y pantalones, y ella gobernó vida y hacienda de D. Fidel desde aquel tnomento. Y de una parte el grave perjuicio de los años, de otra el temor á su costilla, habían hecho en nuestro hombre de la necesidad virtud. Pero una noche- ¡terrible noche! sintió, como dijo el poeta, el agudo agidjón de los deseos y el remozarse de su ávido vivir. El cartel de un baile de máscaras, con la sugestiva figura de una elegante Colombina, le atraía fatalmente. ¿Por qué no ir al baile? se dijo. Bien puedo indemnizarme, con una noche de alegría, de la cadena j erpetua de mi matrimonio. El del indulto es el mejor día para el reo. Pero... y en torno de esta palabra y en el vacilar del pensa-