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¿Y la segunda? ¿Qué imaginas tú que es la segunda, vamos á ver? ¡Qué sé yo! Según vosotros, una cosa muy divertida. -No tanto, no tanto. Una cosa muy divertida hasta cierta edad. -Pues Ansúrez no ha debido llegar á ella. Le he visto riéndose muy satisfecho en el centro de la sala. Y Ansúrez h a celebrado ya las bodas de oro con su partida de bautismo. -Sí, pero continúa siendo tan joven como cuando entró en la pubertad. Hay hombres así, mancebos de por vida. Ellos son el principal sostén, el núcleo permanente de los bailes de máscaras; el resto del público es de aluvión: unos cuantos centenares de muchachos que acuden durante tres ó cuatro años consecutivos á estas fiestas y después desaparecen para no volver. Los Ansúrez han conocido ocho ó diez generaciones de esas y continúan imperturbables al lado del bastonero viendo pasar las máscaras y la vida, como si ésta, lo mismo que aquéllas, fuera producto de una broma carnavalesca. Y no creas que Ansúrez se satisface con estos bailes de buena sociedad... hasta el descanso, que organizan importantes asociaciones y círculos madrileños; si fuéramos nosotros á esas fiestas monstruos de ciertos teatros, que principian á las dos de la tarde y concluyen al anochecer del día siguiente, le veríamos en ellas gozando horrores, como él dice, tuteando á las máscaras, convidándolas, ebrio de juventud, entusiasmado de la vida. Es un caso patológico de buena salud. Se ha plantado en los treinta, y no pasa de ahí hasta que se le desarregle el estómago; entonces se acabaron los bailes de máscaras. Pero se defiende todo lo que puede: ¡jamás toma nada en el Itiffet! ¿De suerte que él es el único que goza en estos bailes? -No, ya te dije que hay también jóvenes que se divierten durante tres ó cuatro años, mientras les dura la ilusión de encontrar envuelta en un capuchón y cubierto el rostro por un antifaz á la mujer de sus sueños, á la compañera ideal que h a de darles, con su corazón, un título de Castilla y veinte mil duros de renta. Con tal esperanza mariposean en torno de las máscaras ó adoptan actitudes lánguidas y soñadoras para dejarse ver de aquéllas, pero á los tres ó cuatro años se desengañan de tan estéril juego y, ó no vuelven, ó vienen á la segunda parte y ya cenados, ó sea en plena ebullición alcohólica. ¡Dios mío, qué cosas dices! -Digo la verdad. Mientras tú te sofocabas con la careta y se te perdían las chicas de Concha, yo he reflexionado que estos bailes no son tan aburridos como parecen. A ellos acuden, según te he dicho, por el bando de los hombres, aparte del núcleo de los impenitentes, unos cuantos cientos D I B U J O S D E M É N D E Z ERING. 4. de muchachos que, merced á la fuerza avasalladora de la juventud, se consideran dueños del billete del premio gordo en la lotería de la vida y del amor. Vienen como al triunfo, sospechando detrás de cada careta un rostro enamorado y debajo de cada capuchón una mujer que les adora en secreto, y que aquella noche y con la salvaguardia del disfraz les va á decir sus íntimas penas. Por el bando femenino vienen, ó venís, señoras casadas y curiosas como tú, intentando sorprender el misterio de nuestras diversiones de solteros, el por qué y cómo pudimos vivir y aun distraernos mientras no os conocíamos; arrastradas, en fin, por esa curiosidad pretérita con que toda mujer casada cela y abruma á su marido. Y nada, os sofoca la careta, os aburrís sin atisbar lo que os proponíais, y sospecháis que el secreto está en la segunda parte del baile, precisamente en la que no habéis de ver. Más vale así; la vida sin un poco de misterio sería realmente insoportable. Vienen también muchachas inocentonas, pero maliciosiUas como tus amiguitas que se han perdido, á v e r qué hace Paco, á ver si está en el baile el del bigote retorcido que les mira en la Castellana, ó aquél que las siguió una tarde hasta más allá de la Cibeles. Les hallan, efectivamente, y se consultan si les darán una broma con ellas mismas ó con otras de señas indeterminadas; al cabo no se atreven más que á preguntarles: ¿me conoces? La gente les empuja, y se pierden sin oir la respuesta. Y con esta atmósfera de ñoñez encantadora y juvenil, á la que se mezcla alguna intriguilla de bajo vuelo, transcurre la primera parte de la fiesta entre valses que nadie baila y algarabía de máscaras que en realidad parecen haberse disfrazado únicamente con objeto de armar ruido. Llega el descanso; se cena, se abusa un poco del alcohol, os marcháis vosotras, y viene la segunda parte. -Ahí te estaba esperando. Habla. -Pues nada, que la tontería humana se convierte en brutalidad humana... y nada más. Algunos ilusos continúan aún buscando duquesas disfrazadas, pero la mayoría se contenta con lo que halla sin disfrazar, y después del galop, á casa, que llueve. Nada más. -Bueno, como tú quieras. ¡Ahí mira: ahí vienen dos capuchones negros con lazos verdes. ¡Son las chicas de Concha, y del brazo de Ansúrez! ¡Qué noche me habéis dado! Muchas gracias, Ansúrez; ¡buscándoos por todas partes! -Y nosotras... ¿Os habéis divertido? ¿Nosotras? -Pues vamonos á casa antes de que empiece la segunda parte. ¡Diablo! ¡diablo! ¡Diablo con el amigo Ansúrez. ¿Vendrá á estos bailes á encontrarlas chicas que se pierden? No será tan estéril y simplona su asiduidad... Reflexionemos. J o s é DE ROURE