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KM CJ BJL DK OÓRKY áiÍ 7i ííA sala sencilla amueblada con exquisito BUj E. modernismo. Dos divanes muy bajos, unas cuantas butacas, una bergere cubierta de sedas asiáticas. En las paredes cuadros impresionistas, efectos de nieve, puestas de sol. Y allá en el fondo, cual un icono, el retrato de Tolstoy con los pies descalzos. -Espere usted, -me dijo la doncella. Pasó un cuarto de hora. La impaciencia principiaba á invadirme. Al fin u n a puerta se abrió. Pero no era él, no. Era una mujer vestida de negro, joven, morena, muy elegante y muy bonita. -Mi marido- -me dijo- -está aún en la fortaleza de San Pedro y San Pablo. Le h a n engañado á usted diciéndole que ya había sido puesto en libertad. Si tuv i e r a n intenciones de gradarlo, es probable que habrían c o m e n zado por acceder á mi solicitud. La e s p o s a de Gorky se s e n t ó en l a iergere. S u s estoy muy bien; tengo la conciencia tranquila; estoy muy bien, muy bien. Pero yo comprendí que no era cierto... yo comprendí que tenía frío... yo comprendí que sufría mucho; lo comprendí viendo sus ojos. La emoción crispaba los labios de la esposa indignada. Sus manos, pálidas y finas, arrugaban nerviosamente un pañuelo. En los bordes de sus párpados parecía temblar u n a lágrima. Y hubo un silencio muy largo que yo no me atreví á romper. -Lo único que he pedido es que le permitan escribir y abrigarse... Es muy natural, ¿verdad... P e r o ni eso he podido lograr; ni eso ni nada. Y es que le quieren mal. Porque no datan de ayer las persecuciones. Cada vez que hay u n pretexto, lo molestan. ¿Se acuerda usted de la historia de la Academia? El pobre había sido elegido por una inmensa mayoría. En cuanto el Gobierno lo supo, hizo anular la elección sin explicar por q u é porqrie sí, porque le dio la gana. Entonces, ICorolenko p u s o su renuncia. ¡Qué g r a n alma! Los demás se callaron y eligieron á otro, como si se tratase de un simple funcionario. ojos negros, luc i e n t e s en los c u a l e s s e veía, más que penas, rencores, contemplaron largamente una fotografía. -Es él, -murmuró, entregándome el cartón. Y efectivamente, era Gorky, el To lCTOÍi M FoPbKÍM d u l c e vagabundo, al lado de su maestro el viejo Lafisonomíade profeta. la muj er de Gorky- -Puede usted había cambiado. guardársela; á mi marido le gusta que esta imagen circule por el Ya no había en ella penas ni rencores visibles. mundo... Se le figura que al lado del conde gana Sus labios y sus ojos decían la ironía más honda en prestigio su figura... Además, es supersticioso y el desprecio más sincero. Veíase que para aquey cree que la compañía del hombre á quien tan- lla compañera del hombre libre, la complicidad de to venera, le hará tener suerte... Son cosas de todos los que pudiendo prote. star callaban, de los niño... El es así, muy bueno, muy sencillo... Y que debiendo alzar la frente se humillaban, era un sin embargo, y a usted ve que le acusan de toda espectáculo grotesco y cruel. Así, cuando hablaclase de crímenes, de crímenes románticos, de mos, ya al final, de la noble espontaneidad con que complot contra el Zar, de provocar rebeliones en España, en P rancia, en Italia, en Bélgica, en tomilitares... Y todo, ¿sabe u. sted por qué? Porque das partes los escritores piden la libertad del gran pretenden haber encontrado el borrador de una novelista, ella, la rusa desilusionada, murmuró: -En todo el mundo, sí, menos aquí... carta suya dirigida á los oficiales, una carta que debe ser falsa, tal vez un fragmento de novela, E. GÓMEZ CARRILLO ¡Dios sabe! t orque yo no he podido verle sino una vez en el locutorio de la fortaleza, entre esSan Petersiurgo Febrero de 1 Q 0 birros y centinelas. El me dijo: No tengas pena, Y