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LOS REGALOS DEL NIÑO DE REGÚLEZ ¡SiÍGUEz dijo un día á su señora: -No sé si te habrás fijado en qite todos los meses vamos por lo menos una vez á comer á casa de Regúlez. Los Regúlez se portan muy bien con nosotros, y como precisamente mañana es San Domitilo, es decir, que son los días del niño de Regailez, por fuerza tenemos que llevarle un regalito. -Muy bien- -respondió la señora de Besúguez; -precisamente, al pasar por el Bazar de la Desunión he visto unos juegos de bolos magníficos. No cuestan más que 2,75 pesetas, y aparentan como si costasen dos duros. Al día siguiente, los Besúguez fueron de visita á casa de D. Domitilo Regúlez (el papá se llamaba, naturalmente, como su hijo vínico... ó viceversa) y después de los saludos sacramentales, Í 3 esúguez, adoptando un airecillo suficiente, se dejó decir: -Si mi amiguito Domitilo se ha portado bien, puede darse una vueltecita por el recibimiento, y allí, junto al perchero, se encontrará una novedad. ¡Oh! ¡Vaya, vaj a! -exclamó la señora de Regúlez. -De seguro que han hecho ustedes alguna locura. Doniitilito salió disparado hacia el recibimiento y reapareció en la sala con un enorme paquete insidiosamente atado con bramante de los colores nacionales. En tanto que las personas mayores lo desataban, l a amable criatura bailaba una especie de cakewalk d e pura impaciencia; pero su regocijo se desvaneció súbitamente al ver aparecer los nueve bolos, colocados en derredor de la bola como las nueve Musas en torno al dios Apolo. La señora de Regúlez juzgó útil afectar una alegría que su lindo vastago se negaba á manifestar, y proclamó entusiasmada y casi delirante: ¡Vaya, vaya un regíalo precioso! Ustedes van á acostumbrar mal al niño. Domitilo hijo mío: ¡cómo te vas á divertir con este hermosísimo juego de bolos! Doinitilo intentó aventurar algunas frases de protesta, que felizmente no se oyeron entre los cumplidos y finezas de la despedida. Los Besúguez se retiraron, y después de ellos vinieron los señores de Lambrequín. Hubo efusivas felicitaciones de una y de otra parte. La señora de Regúlez colocó á la señora de Lambrequín unas frases políticas que acababa de aprender de la señora de Besúguez; pasó y repasó una bandejita de dulces y bombones, que á la señora de la casa le producían pirosis ó flato ardiente. De pronto, el señor de Lambrequín se dirige misteriosamente á Domitilo y le dice: -Anda, hijito: ve al recibimiento, pues tengo idea de que encontrarás algo de tu gusto. ¡Vaya, vaya! -prorrumpió la señora de Regúlez- -de fijo que han hecho ustedes alguna locura. Y Domitilo volvió al punto con un paquete grandísimo, del que, quitados papel y cuerdas, emergió un admirable jliego de bolos. ¡Oh! ¡Vaya, vaya! -insinuó un poco azorada la señora de Regúlez, cortando la palabra á su unicogénito. -Ustedes me malcrían al niño. Precisamente, ¡qué feliz casualidad! él no deseaba otra cosa sino un juego de bolos. Y el pobre chico aún tuvo que dar las gracias á viva fuerza. Idos los señorc: j de Lambrequín, he aquí que aparecen los señores de Forciates; y el Sr. Forciates, que e r a un bromi, sta terrible, rugió desde la puerta: ¡Ah, Domitilín, Domitilín! ¿A que no adivinas lo que te traemos: Mira, mira qué juego de bolos En pos de los señores de Forciates vinieron los de Masuti; luego los do Quilínez; por fin, el coronel P u m b a padrino de Domitilo; ¡qué sé yo las personas que fueron á felicitar al afortunado crío de Regúlez! Y todos traían, con inefable satisfacción, sendos juegos de bolos. Cerró la noche, como dicen los folletinistas, y sorprendió al pobrecillo Domitilo Regúlez llorando silenciosamente en la sala de su casa, en medio de ciento nueve bolos, dispuestos en orden de batalla, delante de doce bolas. En cuanto á los señores d? Regúlez, no sin cierto regodeo íntimo, pensaban que ya tenían provisión de astillas para encender la chimenea durante dos inviernos. No hay cosa mejor que los regalos titiles! M. SAM 0 DIBUJOS DE SANCHA