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dera española y repitiendo ei nombre de su amor: Laura... Laura... Laura... D. a L. ¡Qué embustero! D. GoNz. (No me he podido matar de v. n modo más gallardo. D. a L- ¿Sentiría usted á par del alma esa desgracia? D. Goícz. -Igual que si se tratase de mi persona. En cambio, la ingrata, quién sabe si estaría á los dos meses cazando mariposas en su jardín, indiferente á todo... T) L- -Ah, no, señor; no, señor... ü GoNz. -Pues es condición de mujeres... D. a L. -Pues aunque sea condición de mujeres, la Ah ña de Plata no era así. Mi amiga esperó noticias un día, y otro, y otro... y un mes, y un año... y la carta mo llegaba nunca. Una tarde, á la puesta del sol, con el primer lucero de la noche, se la vio salir resuelta camino de la playa... de aquella playa donde el predilecto de su corazón se jugó la vida. Escribió su nombre en la arena- -el nombre de él, -y se sentó luego en una roca, fija la mirada en el horizonte... Las olas murmuraban su monólogo eterno... é iban poco á poco cubriendo la roca en que estaba la niña... ¿Quiere usted saber más? Acabó de subir la marea... y la arrastró consigo... D. GoNz. -Jesús! D. a L- -Cuentan los pescadores de la plaj a, que en mucho tiempo no pudieron b o r r a r las olas aquel nombre escrito en la arena. ¡A mí no me ganas tú á finales poéticos! D. GoNz. ¡Miente más que yo! D. a L- ¡Pobre Laura! D. GoNz. ¡Pobre Gonzalo! D. a L. ¡Yo no le digo que á los dos años me casé con un fabricante de cervezas! D. GoNz. ¡Yo no le digo que á los tres meses me largué á París con una bailarina! D. a L. -Pero ¿ha visto usted cómo nos h a unido la casualidad, y cómo una aventura añeja ha hecho que hablemos lo mismo que si fuéramos amigos antiguos? D. GoNz. -Y eso que empezamos riñendo. D. a L. -Porque usted me espantó los gorriones. D. GONz. -Venía m u y mal templado. D. a L- -Ya, ya lo vi. ¿Va usted á volver mañana? D, GoNz. -Si hace sol, desde luego. Y no sólo no espantaré los gorriones, sino que también les traeré miguitas... D. a L- -Muchas gracias, señor... Son buena gente; se lo merecen todo. Por cierto que no sé dónde anda mi chica... Se levanta ¿Qué hora será 3 a? D GONZ. Levantándose C e r c a d e las doce. También ese bribón d e J u a n i t o (Va hacia la derecha D a L Desde la Izqtíierda del foro, mirando hacia deittro. A H Í l a d í v i s O c o n s u g u a r d a Hace señas con la maizo jyara que se acerquei) D G o N Z Conte- inplando, 7 nientras, d la señora. (No... no me descubro... Estoy hecho u n mamarracho tan grande... Que recuerde siempre al mozo que pasaba al galope y le echaba las flores á la ventana de las campanillas azules... D. a L. ¡Qué trabajo le h a costado despedirse! Ya viene. D. GoNz. -Juanito, en cambio... ¿Dónde estará Juanito? Se habrá engolfado con alguna niñera. Mirando itacia la derecha primero, y haciendo señas como Doña D. GoNz. Despidie ndose. Pues, señora mía, yo he tenido un h o nor muy grande... un placer inmenso... D. a L. Lo misi 7 zo) Y yo u n a verdadera satisfacción... D, GoNz. ¿Hasta mañana? D. a L. -Hasta inañana. Laura después Diablo de muchacho... D. a L. Contemplando al znefoi) (N o no me descubro... Estoy hecha una estantigua... Vale más que recuerde siempre á la niña de los ojos negro. s, que le arrojaba las flores cuando él pasaba por la veredilla de los rosales... ESCENA ÚLTIM. A DICHOS, PETRA Y J U A K I T O SI uno sale por la derecha y la otra, por la izquierda. Petra trae ttn manojo de violetas. I) 0. A L. U 1 ¡A. No m e cabe duda; es él... rOTS. FR. NZEN D. a L. -Vamos, mujer: creí que no llegabas nunca. D. GONz. -P e r o Juanito, ¡por Dios! que son las tantas... PETRA. -Estas violetas me h a dado mi novio para usted. D. a L. -Mira qué fino... Las agradezco mucho... Al cogerlas se le caen dos ó tres al suelo. S o n m u y D. GoNz. -Si hace sol... D. a L. -Si hace sol... ¿Irá usted á su banco? D. GoNz. -No, señora; que vendré á éste. D. a L. -Este banco es muy de usted. Se rien. D. GONz. -Y repito que traeré miga para los gorriones... Vuelven d reirse. hermosas... D. a L. -Hasta mañana. D. Goxz. -Hasta mañana. Doña Latera se encamina con Petra hacia la derecha. D. Gonzalo antes de irse con Jztaniío Iiacia la izquierda, teinhloroso y con gran esfzterzo, se agacha d coger las violetas caldas. Doña Latirá vuelve natura. lmeizte el rostro y lo ve. JUANITO. ¿Qué hace usted, señor? D. GONz. -Espera, h o m b r e espera... D. a L. (No me cabe duda: es él... D. GoNz. (Esto 3 en lo firme: es ella... de Despzie s de hacerse ten ntievo despedidai) sahido D. a L. ¡Santo Diosl ¿y éste es aquél? D. GONz. ¡Dios mío! ¿y ésta es aquélla? Se van, apoyado cada uno en el brazo de su servidor y volviendo la cara sonrientes, como si él pasara por la veredilla de los rosales y ella esttíviera ett la ventana de las campanillas azules. D. GoxzAi. o. Pues, señora mía, yo he tenido u n honor m u y lírande... u n placer inmenso... DOSA LAUÍIA. -Y yo unu verdadera satisfacción... FIN Madrid, Febrero, igo