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ai oculto bolsillo. Por aquella famosa pista, ¡oh su fe de vida. De los Jardines salieron los proleDios! pasaron casi todos nuestros más importantes tarios madrileños en numeroso y compacto ejército hombres públicos, soltando frases impregnadas de para presentar á los Poderes públicos el programa sabiduría mientras una banda militar daba al aire de sus reivindicaciones. Solamente por esto, los sus notas alegres. Todos los muchachos jóvenes jornaleros y los artesanos de Madrid deberían de que llegaban á Madrid con la ambición de un mirar á los Jardines con carifio, y los burgueses nombre político, literario, forense ó confirmado en con respeto. Además, sobre la pista famosa cabían la Vicaría, lanzábanse en seguida á los Jardines, todas las clases y se codeaban todos los elementos como los paletos á la Casa de fieras. Allí se fun- sociales; el smokin no miraba allí con mal gesto daron periódicos; allí llovieron bofetadas; allí se á la americana ni á la blusa, y sobre todo, en las enamoró y flirteóaory hartura; allí se verificaron igualitarias galerías del teatro, de libre y gratuito esos duelos felices que huelen á restaurantvaks que acceso, se veía lo mismo al muchacho elegante á pólvora; allí se imaginaron combinaciones y y de familia conocida, que al chico artesano i econjuras para derribar Gobiernos; allí recibía en- cién salido del taller. Precisamente el aspecto simhorabuenas el recién agraciado con una merced pático y atractivo de los Jardines era ese. En ellos y desahogaba sus quejas el desengañado preten- se fundían todas las clases y se difuminaban todiente de la misma. Eran, en suma, esos tristes te- das las fronteras. Constituían, en suma, una esperrenos que hoy vemos acribillados de hoyos y des- cie de campo común, de espacio exento y libre garraduras, una prolongación de nuestro hogar, para la vida madrileña, con ópera barata. Olviun saloncillo de nuestros teatros, una sucursal dando procedencias y esqtrivando prejuicios, nadie más aireada y mejor oliente del Salón de Confe- se preocupaba más que de respirar y de divertirse rencias del Congreso, un patio florido de las re- ante la santa fraternidad de la peseta. Algunos dacciones de nuestros periódicos, una entraña llamaban á los Jardines los ptilmones de Madrid; viva y funcionante de Madrid. Y todo por una pe- yo les hubiera llamado el corazón, porque, efectiseta. ¡Adiós, Jardines! vamente, todos los sentimientos que caracterizan al de los habitantes de la corte, su nativa demo- -Y adiós pesetas. -Tienes razón; aquéllos y éstas padecen en cracia, su deseo de distraerse á poca costa, su olidéntica hora terribles males. Los Jardines han vido ligero é insustancial de las cargas de la vida, muerto, la peseta está expirante. Habían nacido el su afán de inmiscuirse y comentar y zaherir la uno para el otro, y mueren, como es natural, al mis- ajena, y el movimiento impulsivo que acaba en mo tiempo. ¡Que la Casa de Correos les sea leve! bofetones, tenían en los Jardines su haz más bri- -A mí me da muchísima ira que tras de des- llante y completo. En fin, derramemos una lágritrozarlos, los insulten. ¿Sabes lo que decían ayer ma á la memoria de tan malogrado sitio, armque en una casa? Que están bien destruidos, porque ya. de nada puede servir nuestro llanto, puesto eran un semillero de afecciones reumáticas. Que que han desaparecido hasta los árboles secos. su humedad era casi mortal. -Me alejaré, no sin pena, de estos entristecidos- ¡Calumnias! ¡calumnias! ¿Qué humedad ha- lugares. ¿Te acuerdas lo que hablamos aquella bían de tener los pobres, si la mitad de los árboles noche, cuando éramos novios todavía, aprovechando una fantasía del Tannhauser que ejecuhan aparecido secos? ¡Toma, pues tienes razón; eso leí en no sé qué taba á todo trapo la música del kiosco? Vamos, di, ¿no te acuerdas? periódico! -Confieso lo desleal de mi memoria: no. -Ya tú ves. Acusarles de distribuir reuma, y- -Así sois los hombres; bien hacen en desapano tenían humedad suficiente ni para la vida de sus propios árboles. ¡Qué más hubieran querido recer los Jardines, puesto que ninguno de voséstos sino sentir dolores reumáticos en sus agos- otros es capaz de recordar lo que en ellos hablasteis de enamorados y con música de Wagner. Yo tadas ramas ó en sus resecas raíces! -Decían también, ¡qué gente más mala! que el lo recuerdo como si ahora mismo me lo dijeses; Madrid distinguido y brillante podrá lamentar su para mí será siempre sagrado este sitio, aunqtie pérdida, pero que el pueblo madrileño, las clases en él se pierdan las cartas. ¿Pero qué sacan en menesterosas y proletarias, nada tenían que agra- aquel carro? ¿Se van á llevar hasta la tierra? decerles. -Así parece. -Pues también en eso se equivocan: el socia- -Vamonos, vamonos; me parece que estoy lismo madrileño nació en los Jardines del Buen viendo un cementerio: un cementerio de personas Retiro. Sus primeras y más emocionantes campa- y un cementerio de recuerdos. ñas de propaganda se verificaron en el teatro de los- -Pues si empiezan á sacar calaveras... ¿Quién Jardines. Allí, 3 en famosos mitins, adquirió aquél no lo ha sido en los Jardines? Vamonos. D I B U J O S D E M É N D E Z BKINGA J O S É DE ROURE i t fíll