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LA ODISEA DE LOS QUE VAN A MAraüRIA osoTROS, lilis hermanos, que os quejáis amargamente de las dificultades del oficio; vosotros, los que de vuelta del Huerto del Francés tenéis necesidad de descansar; vosotros los que, ante las dificultades que un gobernador os opone para lograr una noticia, os sentís desalentados; vosotros, los que veis con inquietud la perspectiva de unas diez horas de ferrocarril, venid á San Petersburgo á tomar lecciones de fe, de paciencia y de resignación. El viaje no es difícil: un día de sudexpreso y dos de nordexpreso. El espectáculo instructivo aparecerá en el acto sin que lo busquéis. No hay hotel, en efecto, en esta metrópoli polar que deje de alojar á varios periodistas venidos de lejos con objeto de ir hasta Manchuria, y detenidos aquí por los trámites que se necesitan antes de obtener el permiso, el pasaporte, el salvoconducto, el billete y el visto bueno. Llegar hasta aquí, es como ir de Madrid á París. Lo de las aduanas es una broma. No son más molestas que las de MR. JEAN RODES Henda -a ó Irúii, os lo aseguro. Eos carabineros, finísimos, Coir sponsal de L e Matin en Mancluirin apenas tocan los equipajes. Y en cuanto á los pasaportes famosos que los visionarios pintan como papeles terribles llenos de sellos, de rúbricas, de señas y de contraseñas, los pobres pasaportes, son un sencillo papel en que un cónsul ruso pone su firma y que en las aduanas un empleado ve sin gran cuidado y sella desdeñosamente. Eo difícil es pasar de aquí con rumbo hacia el país misterioso de la tragedia rusojapone sa. En cuanto alguien habla de tomar el Transiberiano, las caras de los funcionarios cambian. ¡Veremos! -exclama el jefe del servicio de la Prensa extranjera. Y su rostro risueño palidece, y sus ojillos tártaros, amables, se tornan sombríos. Eo primero que se necesita es una información hecha por la embajada rusa en el país originario del solicitante Pongamos quince días, contando con la ayuda de la Providencia. Una vez establecido que no se trata de un espía japonés, ni de un oficial británico, ni siquiera de un marino yanqui, el periodista tiene derecho á dirigir al gobernador Trepoff un memorial razonado, indicando los sitios que desea visitar y los asuntos que se propone tratar en sus escritos. El ilustre tirano de la metrópoli llama al jefe de la policía especial y le encomienda una enpiéte sobre el solicitante Desde aquel día, el pobre hombre no vuelve á estar solo ni un minuto. En el hotel, en el teatro, en la calle, en todas partes, un hombre metido en un gabán de pieles le sigue, le acompaña, se acerca lo más que puede, lo examina, lo analiza, lo pesa, lo mide, lo olfatea. Y pasan otros quince días. Y contando siempre con la Providencia, el informe es bueno. El gobernador da al ministro una nota favorable. El ministro acuerda el permiso. El periodista se dice: ¡Alabado sea San Isaac, patrón de San Petersburgo! Pero en cuanto quiere dar un paso, nota que aún es preciso esperar; ¿sabéis qué? Nada menos que la confirmación del permiso firmada por Kuropatkine. Allá van las hojas, pues; allá van á la ciudad lejana en que el Estado Maj or prepara sus planes terribles; allá van en un ferrocarril que pone veinte días para llegar; allá van, mientras el periodista sigue esperando. ¡Y en San Petersburgo, el que menos gasta, si cjuiere tratar de saber algo de lo que pasa y no estarse encerrado, tiene que hacer un presupuesto: cíen francos diarios! -Eso sería lo de menos- -me dice Jean Rodes, que es quien me cuenta su odisea y la de cien compañeros de desgracia; -lo importante es que perdemos por completo la noción de lo que pasa en el teatro de la guerra, pues aquí, para no parecer sospechosos, estamos condenados á no leer sino periódicos oficiales y á huir como de la peste de las compañías sospechosas... Así yo no me atrevo á leer sin esconderme, mi propio periódico, el Matin de París. E. GÓMEZ CARRIEEO San Petersburgo, Febrero igo