Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Jeróijimo, Rafael suspiró, estiró los brazos para desperezarse y se encaró francamente con su amigo. Estaba ya en la realidad, en la lucidez, en la vida. ¿Hace mucho que estás aquí? -preguntó con seguro acento, incorporándose sobre la almohada. -Un par de horas. Dormías tan profundamente, que me pareció un crimen el despertarte. Hubo una larga pausa. Rafael aparentaba dormir, alardeando fanfarronamente de fuerte y entero, como si no le interesase conocer las noticias que le traía su amigo. Jerónimo disimulaba su tristeza y su temor de hablar leyendo una revista literaria, y uno y otro, coincidiendo en un mismo pensamiento, callaban. -Bien, ¿y qué dicen esos caballeros? -preguntó Rafael volvién dose bruscamente. Fué la interrogación como un disparo á quemarropa. Jerónimo, no obstante ir prevenido, se inmutó. Al pronto no supo qué decir. -La solución es ya un hecho, -exclainó después de una dilatada tregua de silencio. La mirada de Rafael, inquieta é imperativa, formuló una pregunta. -Esos caballeros- -continuó Jerónimo volviendo al diapasón iiormal de su voz- -te han descalificado. Rafael dio un salto en la cama y se puso de pie. Su mirada se congestionaba de cólera. Convulso, pálido, con los puños extendidos en actitud amenazante, se adelantó hacia su amigo. ¿Cómo? -exclamó con tempestuosa voz, enfrentándose con Jerónimo; ¿siguen sosteniendo la vil calumnia... ¿Quieren perderme? -Han declarado seis testigos, y unos de una manera concreta y otros con involuntaria timidez, aseguran que te vieron escamot e a r u n a ficha ie- quinientas pesetas, -articuló con apenada pero firme vozjjerónimo. Rafael, con descompuestos ademanes, se adelantó al balcón y lo abrió de par en- par. El rumor de la calle subía con estrépito creciente, ensordecedor. Los que regresaban de los paseos, hombres y mujeres, y los que volvían de los toros, casi todos hom bres, coincidían en la calle de Alcalá como se suman las aguas de dos ríos en la confluencia para desembocar en el Océano. Los dos amigos, apoyados sobre el férreo alféizar, asistían al desfile. -Eres un niño, Rafael, -exclamó sosegadamente Jerónimo, poniendo en la palabra uu dejo de ternura fraternal. Esa descalificación, ni te deshonrami debe inquietarte... ¿Y no me ha defendido: nadie? -preguntó Rafael con lágrimas en los ojos -Gustavo Santamaría ha suscripto voto particular en contra- -argüyó Jerónimo. -Por lo demás, el duque de Escosura, Paco Garellano, Jiménez Parra y el coronel Donadío, te han condenado categóricamente. -El duque me debía hasta hace poco quince mil francos, que le presté en Biarritz; Paco Garellano es un sablacista sin vergüenza, y el coronel no ha conocido la isla de Cuba ni el Archipiélago filipino más que en el mapa. ¡Y esos caballeros son los que dan patentes de honor! Gustavo es hombre de talento. Me porté mal con su hermana Milagros, lo confieso, pero él se ha hecho superior á ciertos menudos rencores. (Pcmsa. Y ahora, ¿qué hacer? -preguntó Rafael entre angustiado é iracundo. ¿Qué partido tomar? ¿Adonde ir decorosamente... Su amigo le recriminó con la mirada. Jerónimo conocía la vida, porque había sufrido y había trabajado mucho. Vivía solo, á expensas de su pluma, que era muj- codiciada en los periódicos por cierta sabia asociación de cultura, de escepticismo y de ironía con que sazonaba la prosa. ¿Qué hacer? ¿Adonde ir? -preguntó Jerónimo con acento de reconvención. -A cualquier parte donde no cundan estas ideas de ridículo honor decorativo, que se cotizan solamente en países corrompidos. ¿Qué hacer? Trabajar, trazarse un camino, viyir en serio y por cuenta propia. ¿Crees tú que la mayoría de esa gente- -señalando á la muchedumbre- -se preocupa de tales estupideces, de descalificaciones y de tribunales de honor, formados por personas que solamente lo conocen de oídas? Ceder Á esos escrúpulos, á esas debilidades de la España feudal, es empequeñecerse, es ponerse en ridículo. El que se somete á esos fallos, ó es un imbécil Q un infeliz. Rafael atendía á la palabra de su amigo. Y á compás de lo que escuchaba, urdía interiormente su plan: marcharse, huir lejos, á países vírgenes, donde á la ruina de todo no sobreviviese un risible con cepto del honor puramente externo y decorativo. El se iría, sí, y trabajaría, y nadie tendría que reprocharle nada, porque estaba resuelto á ser un hombre, á convivir con sus semejantes en una atmósfera de sufrimiento, de sacrificio y de resignación. -Aquí tienes el acta del tribunal que te deshonra, -díjole su amigo poniéndole un pliego en l a mano. -Es el acta de mi nacimiento á otra vida, -contestó Rafael conmovido. Y los dos camaradas se abrazaron. Y la noche tendió un piadoso manto de sombras sobre aquel abrazo, que era la resurrección de uu hombre. MANÜEI. BUENO DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA