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DKeXIOKO R UANDO Jerónimo Briviesca entró en la alcoba del hotel, su amigo, á medio vestir, dormía echado de bruces sobre la cama. El sueñO debía haberle sorprendido quebrantando rudamente su propósito de permanecer en vela. A no ser visible el latir de las arterias del cuello, que asomaba en plena congestión bajo las chafadas dobleces de la camisa, habríasele tomado p o r muerto, pues sobre no percibirse las pausas de su aliento, tenían sus miembros la relajada flojedad de lo exangüe. Entraban de la calle densas oleadas de calor, y el estrépito dé los coches y la chillariza de la gente, amortiguados de ordinario en las horas de la siesta, imponíase aquella tarde con ruidosas disonancias de tumulto popular. Recostados en las dos márgenes de la calle, había diversos coches detodos los tipos y atalajes: volantas, milores, jardineras, y esos enormes vehículos provistos de seis ó siete largos bancos paralelos capaces de acomodar hasta treinta personas, que nos alarman á veces en la calle con su escandalosa cascabelería al regresar de los Viveros ó del Pardo. Los cocheros blandiendo la fusta, se desgañitaban al gritan- ¡A los toros! ¡A los toros! ¡Por dos reales á la Plaza... Y entretanto el ganado que debía arrastrartodos aquellos armatostes por tan módico estipendio, dormitaba al sol, sacudiendo de cuando en cuando las colleras para espantar las moscas que le mortificaban y pataleando de tiempo en tiempopara limpiarse de estorbos los cadriles. Jerónimo atendió un momento al abigarrado panorama callejero y luego cerró sigilosamente el balcón para impedir que el vocerío despertase á su amigo. Sentóse resuelto á esperar sin impaciencia, y su mirada se espació perezosamente por el reducido ámbito de la alcoba. Ni el decorado ni el mueblaje eran dechado de elegancia. Aquél, pobre y vulgar; éste, dotado de lo preciso en un alojamiento de hotel caro: una cama limpia, velador de cabecera, armario ropero con tres cajones superpuestos, lavabo con piedra de mármol blanco, un espejo con la luna empanada y los bordes protegidos con tiras de gasa ó tarlatán, mesa con los bártulos indispensables para escribir, un par de sillas y una gran palangana bañera de zinc recostada sobre la pared. El joven vio baúles y maletas abiertos, ropa blanca en desorden, frascos de perfumería, librosdeshojados toscamente con los dedos, revistas de deportes, ba. stones, una caja de cigarros habanos á medio consumir, y no sé si algo más que revelase de modo más categórico la pródiga y elegante desidia de. su amigo. liste continuaba durmiendo. En uno de los afanes del sueño volvióse boca arriba y Jerónimo lo midió con la mirada. Su corpulencia llenaba la cama á tal punto, que los pies tocaban en la extremidad de hierro. Estaba pálido, demudado y tenía impresa en el semblante esa huella dedemacración que deja el padecer moral en las naturalezas emotivas y delicadas. La boca, entreabiertai con una mueca de alelamiento y de angustia, dejaba franca la salida á una respiración tranquila, normal, y los bigotes de largos y cuidadas guías abatíanse con lacio abandono. Sobre la frente lisa y combada caían los cabellos crespos y en Sesorden. Era un buen mozo, y como la generalidad de los hombres hechos á retener suspensa la atención de las mujeres, fatuo. Y sin embargo, su aspecto exterior no prevenía contra él á los seres de su propio sexo, porque su mirada ingenua y franca revelaba un inagotable j aciniiento de candor en el alma. Rafael era de esos hombres que educan, miman y regalan las madres con celosa ternura, como si su hijo estuviese destinado a l a realeza. No le contrarían, alientan su señorío por todos los procedimientos, estimulan su vanidad y acaban por hacer de él un despotilla presuntuoso y casi siempre inútil. Luego, rodando sólo por el mundo, el niño e. stá á merced de las sorpresas de la vida, que suelen serradas y crueles. Rafael estaba solo en Madrid, devorando sin sombra de previsión lo que le quedaba, que era muy poco, de la herencia paterna. Su madre, una señora muy piadosa, vivía lejos, en un pueblecito del Norte de España, sin otro cuidado que el de asegurarse con los rezos y las caridades uw puesto en el cielo. Y como Rafael era sensual y vehemente, su moralidad se vio comprometida muchasveces. Jugaba, amaba y bebía con el mismo desenfreno, sin la menor tregua de recogimiento para m e ditar las consecuencias probables de aquella vida de disipación, esquivo á las exhortaciones de Jerónimo, que le recomendaba tino. Era más joven que él, pero le sobrepujaba, si no por el talento, que en Rafael era lozano, por el sentido de la vida y por ese don de ver claro que procede de los grandescastigos que nos aplica la realidad. Rafael, entonces en próspera fortuna, le oía entre el desvío y el enojo. II El joven se despertó allá á eso de las siete, cuando la tarde iba de vencida, y su mirada, flotando aún sobre las brumas del sueño, fué de objeto en objeto, en torno de la alcoba, antes de detenerse en