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FE G- RJLTJ 5. OR ouÉ no se casó Nemesio? Pues por la cosa más sencilla del nittndo: porque yo soy más aficionado al dinero que á comer, y porque soy alto y llevo barba negra, y porque compré un sombrero de copa alta. ¿No comprenden ustedes? Lo diré de otro modo, tíalgo de mi pueblo para Gijón; recibo de mi tío los últimos consejos y los primeros veinte duros, y recibo de mi amigo Nemesio el encargo de visitar de su parte á dos señoritas que habían veraneado en Gijón, y con la menor de las cuales habían quedado las cosas muy á punto de matrimonio. V- -Es decir- -me dijo Nemesio, -yo no le he dicho r M nada á la chica, pero le he significado bastante. 4 y I ¿Entiendes? f 1 Al mismo tiempo, quería Nemesio que j O observa, i ra si la muchacha tenía relaciones en Madrid; si ella y la hermana vivían con desahogo; si se decía algo de ellas... Todo esto en una visita de cumplido en la calle de las Huertas. En fin, vine á Madrid, me matriculé en primer año 4 de Anatomía y disección, y compré una chistera. Por? í K 8 S entonces, todos los estudiantes, apenas llegados á Madrid, nos comprábamos chistera. Y con mi cilindro flamante de bandido calabrés V sobre mi cabeza, moreno, cejijunto, pelinegro y te, rriblemente barbudo, me encaminé á la Zarzuela, tomé asiento en mi butaca, y puse cuidadosamente- X la chistera en la butaca de al lado. ¡Claro! Me interesaba el espectáculo; y me interesaba hasta el extremo de no darme cuenta de la llegada de cuatro señoras, una de ellas alta y gruesa, que se sentó á mi lado, y no hay que decir encima de qué. ¡Cólera de Jehová! ¡y cólera morbo asiático! Todo es poco para expresar mi indignación al recibir de manos de la señora una cosa así como una bandejita con un pastel negro. La señora no pudo terminar sus palabras de disculpa al ver la cara que yo ponía; pero al callar ella, empecé á hablar yo, y puedo asegurar á ustedes que no se perdió nada. Cuando m e tocan a l bolsillo, yo no reconozco sexo ni edad. L a s palabras torpe. za chorlito yo no soy un potentado por mirar á algún mono y otras por el estilo, tronaban y retronaban y tableteaban groseramente en mis labios, sin levantar la voz, pero perfectamente oídas por la señora, que se ponía muy colorada y tan pronto sentía impulsos de echarse á llorar como de meterme el abanico por los ojos. Y así todo un acto, hasta que pareciéndome haber cobrado en desahogo las 17 pesetas del sombrero, me fui á la calle. Pasaron unos días, comencé á hacer las visitas que me habían encarga do, fui á la calle de lasHuertas, me hicieron entrar en una sala y me puse á mirar los cuadros de la vida de Mazepa. Lo demás, y a se lo figuran ustedes; se abrió una puerta de cristales, volví la cabeza, se oyó un grito, volvió á cerrarse de golpe la puerta, y á poco vino la criada á decirme que dispensara á las señoras, porque una de ellas se había puesto mala. Era la hermana mayor la que me había aplastado el sombrero, y debió creer que yo iba á sacarle las mantecas. F. SERRANO DE LA PEDROSA D I B U J O S D E ESTEVAM