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aí co híqt o REVISTA ANO X. y ILUS THADA f 1905 M A D E I D 18 DE F E B R E R O D E NUM. 720 MiM Í Í ÍÍ- ÍÉH DIÁLOGOS CONYUGALES PARA IR AL TEATRO I ÚN así? is M. -No te impacientes; terminataos en seguida. Cuestión de algunos minutos y de algunos detalles. Siéntate y habla mientras Agustina concluye. Dése usted prisa, Agustina. -Me sentaré, porque conozco tus minutos. Las mujeres sois un perpetuo contrasentido. Os entusiasma el teatro muellísimo más que á los hombres; pero los primeros actos de todas las obras nos ios abandonáis á nosotros. A nosotros tampoco: á los solteros. I a primera hora de todas las funciones es una hora para hombres solos; en palcos y butacas nó se ven más que caras barbudas y pecheras blancas. Ya muy mediado el segundo acto, os dignáis aparecer vosotras con vuestros acompañantes. Yo, desde que me casé, no he oído el primer acto de ninguna ópera, ni conozco la exposición de ningún drama. Para mí, Lohengrin comienza cuando van á la iglesia el caballero del Cisne y Elsa á concertar una unión que había de concluir tan pronto trágicamente. ¡Ni que hubieran pasado la brevísima luna de miel en automóvil! En cuanto á los dramas, nada, desconozco los antecedentes de todos los personajes, y me los encuentro ya en pleno nudo. -No, Agustina, es inútil; más vale que lo corte usted. -Eso mismo les diría yo á casi todos los autores, porque maldito si logro entender lo que pasa en escena cuando llegamos nosotros á la función. Esta noche, por lo que veo, haremos nuestra entrada triunfal en el teatro Español cuando comience el cuarto acto. El acto que sobra, según la opinión de todos los críticos. ¡Siempre es un consuelo llegar al acto que no debía existir! ¡Cómo! ¿E n A fuerza de arrastrarse sobra un acto? -Sí, el acto final, el de la moraleja, nuestro