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LA MUJER EN ARGELIA I, a lectura de un género, de poesías que en cierto tiempo estuvieron muy en boga quizás por su misma falsedad, y que se llamaban Orientales, y la popularidad de que siempre han gozado los cuentos de Z. BMÍI y tma noches, han contribuido podero samente á que los occidentales formemos y nos creamos la bonita leyenda de la galantería musulmana, en la cual hemos tenido fe, porque cuesta menos trabajo aceptar una bella invención que averiguar cuál es e verdadero estado de las cosas. Bi musulmán, según esa leyenda, es algo así como un caballero, andante para quien las mujeres lo sori todo. Nada, sin embargo, más lejos de lá verdad. La poligamia musulmana no es sólo contraria á todo principio de organización social y familiar un poco culta, sino que de hecho constituye una brutalidad y una injusticia manifiestas. Hay que dejarse de cuentos y fantasías moriscas y reconocer que la civilización en esta materia, como en otras más importantes, si las hay, no es más que una, y lo qué no es e s a m a n e r a de cultura universal en que viven hoy las naciones más progresivas no debe merecer ni el respeto que á las instituciones antiguas, sólo por ser antiguas, se concede, ni el acatamiento á las razones seudocientíficas que para defender tan estrambóticos estados de cosas se aducen. Es necesario declarar con toda franqueza que aun cuando álos amantes del color local les parezcan muy respetables y simpáticos los musulmanes en sus costumbres y régimen de familia, por lo general son muy salvajes y no merecen la más leve consideración. Nos ha sugerido estas reflexiones una carta qué nuestro corresponsal en Argel nos remite acompañando á esa terrible fotografía d é l a s labores del campo en Biskra, en Mustafá y en otros puntos de Argelia. Es una escena habitual- -dice el Sr. Michel- -de la cual hemos sido muchas veces testigos en el territorio habitado por ciertas tribus de Argelia, á dos pasos de la civilización francesa, y resulta muy edificante para hacer la historia áel feminismo entre los musulmanes. Según los recursos del padre de familia ó del marido, la escena puede variar, no en lo que concierne á las mujeres, que siempre han de tirar del arado ó del carro ó servir de bestias de carga bajo el despiadado látigo de su padre ó de su marido, sino en lo referente á la caballería que las acompaña en la dura labor. Cuando el jefe de la familia es absolutamente pobre, engancha al arado á sus mujeres solamente; cuando tiene algunos pocos recursos, engancha con las mujeres á un borriquillo; y si es hombre calificado de pudiente entre aquellas miserables tribus, el compañero de faena que da á sus mujeres es un camello, lo cual constituye un descanso y hasta tiri honor para las infelices y resignadas hembras. ...Y esta es la famosa galantería musulmana. ZERLINE FOT. MIGUEL