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le atajamos, no fuese que un portero oyese la retahila, la tomase por donde quema y se armase u n caramillo. En pos de la fe y los poderes constituidos, acometió Anís á la moral; y expuso doctrinas de un inmoralismo crudo y canibalesco. JL, os argumentos que desenterró para convencer á Picardo de que debemos comernos los unos á los otros, eran de lo más salado y bufo. Sin embargo, lo que le sacó de sus casillas, lo que le puso, no rojo, sino violeta, fueron los insultos de Anís á las mujeres. Aquel día, al final, se abalanzó contra el deslenguado (fué el nombre que le dio) y creímos que en un rapto de furor le sacaba los ojos. Anís se echó atrás tartamudeando: ¿Pero qué le pasa á este imbécil? No tardamos en saber lo que le pasaba. Averiguamos que Picardo tenía una hija, á quien adoraba, de quien no hablaba nunca, y que algunas frases de Anís le habían sonado como alusiones á la muchacha. No pensaba Anís en eso; fué pura casualidad. 1 0 cierto es que Anís quedó deseoso de jugarle una gorda, y no tardó en conseguirlo. -Dejémosle ya en paz, -recuerdo que dije á Anís. -8 a fatiga tanto torearle. -Nada de eso, -protestó. -Lo que haré será discurrir algo fino, una broma que se pegue al cuerpo. Me acuerdo que esta conversación fué el sábadp antes de Carnaval, y que el domingo convidé yo al teatro á toda la oficina. Nos reimos como benditos con el gracioso saínete Los pantaloties; hasta Picardo se reía. Anís tomaba en la representación interés especial. Pasíidos los Carnavales, volvimos á nuestras tareas. Yo creí que Anís había renunciado á su propósito. Hablaba con Picardo muy formal, demostrándole una cortesía deferente. Cuando sonó la. hora de retirarse, Anís me hizo una seña disimulada de que saliésemos con Picardo. Miré de reojo. Picardo recogía del bastonero su bastón y se apoyaba en él como nos apoj amos: sin fijarse. Al hacerlo, pareció que tropezaba. L, e vimos examinar el bastón con sorpresa, encogerse de hombros y echar á andar. ¿Ha cortado usted el bastón? -pregunté sofocando la risa. -Tan poco, que apenas se nota, -respondió Anís en el mismo tono. -Y pienso continuar todos los días, pero sólo una pizca, una miaja. L, a gracia está en que el honus vir se figure que el bastón encoge. Saco la coEtera y la vuelvo á colocar, y ni visto ni oído. Hoy algo percibió, pero se figurará que ha sonado. Verá uísted cuando transcurra tiempo. No volvamos á salir con él; puede escamarse. Así se hizo. Nos limitamos á observar al paciente con el rabo del ojo. Desde el cuarto día se reveló su preocupación. Era, no obstante, tan poquito lo que del palo raía Anís, que no pudo germinar la sospecha de la broma. A cada paso estaba Picardo más abstraído, más metido en sí, más melancólico. Llegó el período de hablar solo, de accionar sin causa. Alguna vez nos fijó angustiosamente. No sé si era que quería consultarnos ó que recelaba. Esto ultimo no debía de ser, porque todo se hizo de un modo impenetrable. El portero veía á Anís raer el bastón, pero un duro nos aseguró su silencio. Alarmado yo por la expresión de extravío de la cara de Picardo, al fin me solivianté. -Oiga usted. Anís: no más... H a y que desengañarle. Anís se rió y asintió: -Bien; pues se le desengañará mañana; entre otras cosas, porque ya el bastón no mide una altura verosímil. Y el mañana no llegó nunca. Al otro día, Picardo tuvo un acceso de su antiguo mal en mitad de la calle; gritó, pegó, quiso matar á un policía, y le encerraron, naturalmente. ¿Y su hija? -pregunté. -No sé qué habrá sido de ella, -contestó el narrador. EMIWA P A R D O DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA BAZAN