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r ift voy á contar- -decía el viejo po) k %l JBÍ Hiendo al sol la cara más blanca que un pedazo de mármol- -una historia muy triste. No es la historia de la hoja de roble roída por la cabra montes, ni la historia de la florecilla del prado que dice al mancebo: písame con cuidado, no vayas á resbalar ¡Oh, no! Es una más ti iste. ¿No lo creéis? Pues hay que creer lo que dicen los viejos, que son casi unos santos: están más cerca de Dios. Guiomar se llamaba, y aún vive en la memoria de la buena gente. ¿Hermosa decís? ¡Vaya si era hermosa! Un lirio del campo; una espiga en granazón. Era todavía una niña cuando oyó contar que dos árboles se querían. Se querían, hijitos, uno desde aquí, otro desde allá... Uno de los árboles era de los cristianos; el otro de los moros. Así no podían juntarse, ni acariciarse con sus ramas. Pero el aire de Dios era libre entonces como ahora y como siempre, y por el aire se enviaban olores y se hacían caricias. Por encima de todo eso que han puesto los hombres, nosotros nos querremos y seremos amigos. Y crecían y se hacían muy altos para verse desde lejos. ¡Oh Dios! -dijo Guiomar. -Así querría yo amar y que me amasen: como esos árboles. Y como lo dijo con fe, la oyó el Señor, que oye todas las cosas puras que hay en el mundo. Un día, años después, vino un caballero á la fortaleza. Era valiente, y venía de ver la sepultura del Señor Santiago. Guiomar le desciñó una banda blanca que traía, y cuando fueron á comer no pudo probar bocado. ¿Qué tiene vuestra hija, noble castellano? -No sé qué tiene. Alguna hechicera que la hizo mal. -Dadme la doncella; será mi esposa y seré su dueño. -Nunca, buen caballero. Mi hija no tendrá más dueños que Dios y su padre. -Aunque os pese, h a de ser mía. -No lo quiera Dios, como yo no lo quiero. ¡So suj a, soy suya! -decía Guiomar viendo cómo el caballero se alejaba. Y de no- che, de día, dormida y despierta, decía que era suya. El caballero traspasó el término señorial, y en tierra libre hizo un castillo. ¡Qué fuerte, qué arisco, qué agrio! Como la su alma. ¿Cómo se llamará este castillo? -díjole su mejor hombre de guerra. -A- Knqtie os pese. Y así se llamó para siempre jamás. Desde allí atala 5 aba él caballero. Lejos estalja la fortaleza, pero ojos amantes ven desde lejos. Entonces la gente del pueblo, que recibe de Dios lumbre y alteza, compuso una galana tro va: i Cuánto se quieren! Guiomar está triste; Y son los suspiros su amor está lejos; las únicas prendas entrambos se mueren, entrambos son presos. que van y que vienen. ¡Cómo se miran! Una noche, los árboles hablaron á Guiomar: Para quererse como nosotros, hay que tener nuestro corazón, duro y opaco... ¡Oh niña infeliz, morirás muy pronto! Murió muy. pronto: no tenía un corazón grande ni duro ni opaco... y el suyo le estalló, henchido de lágrimas. Cortaron un árbol de aquellos que se querían, para hacerle el ataúd. Con él la enterraron. f Murió el caballero, y su gente fué á cortar el otro árbol para hacerle el ataúd. Todos los amadores se enterraron. Ea tierra es como el aire de Dios: libre y piadosa; en ella caben todos los dolores. ¿Creéis que no se aman? Yo sé que se aman. Son cosas que Dios aparea en su saber infinito, y estas cosas siguen amándose siempre, como los árboles, como los mundos. ¿No os ha parecido triste la historia? Pues es más triste que la historia de la hoja de roble roída por la cabra montes y la de aquella florecilla de los prados que dijo al mancebo; Písame con cuidado, no vayas á resbalar Es una historia de corazones humanos llenos de doloridos deseos y de amargas lágrimas. ¡Ya la sabréis, hijitos, ya la sabréis... J O S É NOGALES D I B U J O DE V Á R E L A