Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
falsificadas sentarle á una compatriota suya, muy guapa; ya usted verá... Y haciéndome entrar en el saloncillo, el buen empresario exclamó: ¡La bella murciana! Allí estaba ella. estaba i ealmente bella, con Y su traje de luces, con sus ojos de luces. La cabellera negra, de un negro azulado de ala de cuervo, bacía parecer más blanco, más pálido, más mate el rostro. Su pieera finísimo, y sus manos tan delicadas que parecían incapaces de soportar el peso de todas las sortijas que las adornaban. ¿Es usted española? -la pregunté. Ella sé, ruborizó un poco, mu poco. Luego: -Oui, mónsieur. Yo quise hablar castellano. -Verá usted- -contestóme en francés: -como hace tantos años que salí de Murcia... ya no me acuerdo de nada... ni una palabra... El empresario se echó á reir y me dijo: -Es una murciana de Batignoles, como las demás. Hay, en efecto, en París cuatro ó cinco españolas auténticas. Son morenas. A veces bailan. A veces cantan. Siempre encantan. Pero al lado de ellas, fraternizando en la general dominación voluptuosa, otras veinte, otras ciento qvie no saben á punto fijo ni en dónde está Sevilla, se dicen andalixzas. La cosa no es nueva. Ya en la época lejana del segundo Imperio napoleónico, Barbey d Aurevilly podía principiar uno de sus cuentos con la frase siguiente: fatit croire que toiites la bailes espag 7 oles no sont e d T pagiic. No, en verdad, no todas. Las hay, y no pocas, que son de otros lugares. Las haj que nacieron en G r e c i a las hay originarias de Italia. las hay de Bélgica, las hay, en fin, de París, en abundancia. Y esto prueba algo que no puede menos que halagarnos: á saber, que existe, en ser andaluza, un prestigio superior al de ser de cualquiera otra parte. Ahora bien, decidme: ¿no vale este prestigio más que otros muchos que andan por el mundo? ¡Soledades y Carmencitas, bellas Lolas y Marías las gentiles, murcianas 3 macarenas, todas las que buscáis la patria que más conviene á vuestras bellezas morenas, tenéis razón mil veces! Los que se burlan de vosotras porque cantáis las coplas con acento extranjero ó porque bailáis con menos nervios que las estrellas clásicas del Burrero, son injustos. ¿Qué importa el acento de vuestro hablar, si en el mirar no lo tenéis? Y en cuanto á poner un poquito de molicie en los tangos, nada, si así os place, tan legítimo. Vuestro único deber ineludible, es ser bellas. ¡Sed bellas divinamente- -ó más bien diabólicamente, -bellas de una belleza dominadora, bellas de vida, bellas de pasión, bellas impertinentemente, como lo son, allá en Triana, los ejemplares más perfectos de vuestra raza ideal, y habréis cumplido, y podréis coronaros de claveles y cantar, al son de las guitarras indispensables, entre el humo de los cigarrillos que los cromos os ponen siempre en los labios, la canción triunfal de vuestra propia gloria! E. GÓMEZ CARRILLO vm S, jeJSÍA ¿f V k ÍE y. 4 Í vs; í i p- i SÍ. A