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Pues ¿quién diría que al quedarse á solas, en la alcoba solemne, los recién casados comentaron la falta sobre la mesa de los famosos bizcochos de soletilla, prez y gloria de Ramona? ¡Misterio grande el corazón humano! Por insólito que parezca, es lo cierto que Angela y Jaime echaron de menos los bizcochos de Ramona. Si hasta la marquesa de Carriedo había hecho á su nuera ponderaciones de aquel bocado exquisito, sobre todo cuando se le ensopaba en chocolate! Y á la mañana siguiente, no ya en el comedor, á la sombra de un roble frontero á la casa, hallaron también para desayuno el aromoso guayaquil en sendas jicaras, rodeadas de las consabidas añadiduras; pero de bizcochos... ni las raspas. E. staban en los últimos sorbos cuando se presentó Bernardo, por supuesto, sin Ramona. Algo se atarugó el adniini. strador al balbucir vagas excusas, pero el aprieto y el tartamudeo aumentaron cuando Jaime, resueltamente, como á boca de jarro, exclamó: ¿Y esos bizcochos. I) Bernardo? D. Bernardo, hombre expedito y sereno, se quedó confuso; eso sí, rehízose pronto, y ya en el tono cordial tan consonante á su persona, prometió para la tarde una bandeja de tiernos y riquísimos bizcochos de soletilla. Y á la tarde, Ramona misma, la. administradora en persona, sirvió el agasajo con sus blancas y repulidas manos. A los señores les gustó la fineza, primorosamente confitada, pero mucho más les gustó la confitera. Rayaría, como su marido, en los cincuenta; era una hermosura en el momento de iniciarse la ruina; -es el caso que celaba su rostro el. mismo velo melancólico caído la noche antes sobre el de Bernardo. Presentar la bandeja y romperse el hielo, no los respetos, entre servidores y señores, fué una misma cosa; ha. sta las trústes sombras se desvanecían al suave calor de los afectos señoriles, del trato hidalgo; desde aquel momento, administrador y administradora no se dieron reposo en el servicio y obsequio de los novios. Ramona se pasaba horas enteras cocineándoles platos regalones y atenta al gobierno del palacio para que no faltase en él ni una minucia de buen acomodo; y el administrador, en solícito azcaneo, enseñábale á Jaime hasta los últimos confines de su tierra infanzona, hoy caballeros en sendos caballos, m iñana á pie escopeta al hombro A s í lle j el día de ¡artir L I ra al Oriente mientr is Libo r i o acomodaba en un er che del expreso 11 in leta y la man tas, Jaime ibia o con efusión al leal B i nardo 3 Angela estampo u n par de besos en el licr moso rostro de R uno na. Al atrancar el con voy y asomarse los no vios á la cntanilla pai a dar otro adiós a los bue nos ser- vidoies los MCron juntos cogidos de la mano sobre el anden lóbrego. Angela juraría que estaban llorando. A los cuatro años de casados, Angela y Jaime sintieron por primera vez la acedumbre de la vida: el hijo único, el angelón de tres años, se les murió en unas cuantas horas. Doce días después de la desgracia, Jaime recibió carta del administrador de Carriedo; y Angela, que estaba sentada frente á su marido, vio que éste, al leer, palidecía. ¿Qué ocurre, Jaime? ¿Te acuerdas, Angela, de la falta de los bizcochos de soletilla la noche que llegamos á Carriedo? ¿Te acuerdas que Ramona ni aquella noche se presentó, ni se presentó á saludarte á la mañana siguiente? -Sí; me acuerdo. -Pues verás tú lo que son almas nobles: no quisieron que sobre nuestra luna de miel pasara una nube negra. Escucha lo que dice Bernardo: Ramona y yo sabemos lo que son esas penas. ¡Sí lo sabemos! La noche que ustedes llegaron á Carriedo, se nos murió nuestra hija. DIBU 40, DE HUERTAS FEANCISCO ACEBAL