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m BIZCOCSOS DE S 0 LETÍU 4 Apenas el señor obispo les leyó la epístola y les parafraseó sus párrafos en dulzona plática, escuchada por oídos poco atentos, asordados como estaban ya por la emoción ya por la impaciencia, apenas mordiscaron un par de golosinas y humedecieron los labios c o n otros tantos sorbos de champagne escanciado en blasonadas copas de cristal bohemio, la pareja tendió vuelo raudo con rumbo al palacio s o l a r i e g o infanzonazgo de la rama materna del marido. Allí la reposada, la señoril estancia, y después de quince días de estada en el rumoroso Carriedo, volverían á partir cara al Oriente, hacia las tierras acariciadas por el sol, arrulladas por el Mediterráneo y embellecidas por el arte. Mediada la noche, el expreso hizo alto; los novios saltaron a andén tenebroso; una somb r i les tendió la mano, y una voz grave llamó á T ibono para recoger unas maletas y un hatillo de mantas. Todos se pusieron en marcha; delante el de K- voz grave; detrás los viajeros; el último Liborio con la impedimenta; se acomodaron en una jardinera, restalló una tralla, resonó cascabeleo en medio del silencio nocturno, y comenzaron á recorrer la media legua que separaba la estación del palacio solariego. -Ustedes perdonarán que Ramona no viniera, -les dijo á los recién llegados el que los había recibido. Las linternas de limpios cristales algo esclarecían las sombras y esbozaban, aunque con trémulo claror, las caras. -Ella hubiera querido venir conmigo por saludar á la señora, -continuó diciendo el acompañante de los novios. -No importa, Bernardo; ahora la saludaremos, -respondió Jaime. -No, no, señor; Ramona no estará... Ramona está en casa. Le pareció que era molestarlos... mañana, -Muy bien; mañana, -dijeron á la vez Angela y Jaime. En más de un cuarto de hora, ninguno de los tres volvió á desplegar los labios. Escasa y vacilante era la luz; pero aunque hubiera sido resplandeciente, no era fácil que en ocasión como aquélla ni Jaime ni Angela se percataran de nublados sombríos en semblante ajeno. Angela veía de frente el rostro de Bernardo, rostro de esos que pregonan rotundos, sin titubeo ni engaño, los cincuenta cabales; eso sí: terso, tostado, en ese tono caliente con que el aire y el sol curten los rostros cetrinos; las abundantes canas eran trasunto de madurez de vida, y á la vez, los negros ojos, con su vivaz rebrilleo, eran puras lumbres juveniles; pero sobre todo, y esto sí que la dama lo vio claro, circundaba el semblante de aquel hombre esa aureola tibia que irradia el espíritu varonil y bien templado. No dejaron de causarles extrañeza á los recién llegados los interminables silencios de Bernardo, á quien tenían por persona locuaz y de lo más comunicable; aquella noche, el administrador de la marquesa de Carriedo era un hombre callado y taciturno. Jaime le había visto en Madrid tres ó cuatro veces, y siempre le halló fácil al trato, pródigo en la expresión del leal afecto, más pródigo todavía en el encomio de las excelencias de aquel sin par Carriedo, compendio, según él, de todas las cosas buenas de la tierra, porque allí, ni arrecirse de frío en el invierno, ni sofocarse con los calores del verano; allí los más exquisitos, los más sabrosos y á la. par los más nutritivos alimentos de este mundo; allí jamones magros como los de Aviles, tiernos como los de Trévelez; allí la rica trucha e: nbalsada en la represa del Sarrión, que él mismo mandó hacer para regar las tierras de la señora; allí el espárrago más fino y más temprano; allí la pata de cerdo (con perdón lo decía) era manjar para servido en mesa de reyes; allí aguas tan puras, que no se vieran en la nítida copa si no la empañaran de tan frías; allí el vinillo de propias cepas, que él no ponderaba porque ya lo habían catado los señores; allí la leche aromosa y los huevos recién cogidos del nidal, preciosos ingredientes con los cuales Ramona, excelente confitera, aderezaba ricos platos de dulce (en bizcochos de soletilla no admitía competencia) allí, en fin, tan abundante caza, que no se daba paz á la escopeta; hasta los gañanes sentían hartazgo de perdices. ¡Que fuese por allí pronto el señorito! -Estos eran los deseos de Bernardo, en los cuales ahincaba cuando escribía desde allá prolijas y virgilianas cartas, trasunto de vida serena y de administración honrada. Allí estaba el señorito, jy en qué ocasión y con qué compañía! Allí estaba, en la tierra sin par del ubérrimo Carriedo, y, sin embargo, Bernardo mudo. ¿Quién sabía si lo solemne de la ocasión, la presencia de una dama para él tan desconocida, no le movieron á comedirse y, sin quererlo, parecer esquivo? A veces, una pequenez cualquiera turba y, desconcierta al hombre más campechano. Llegados al palación, el administrador los guió, farol en mano, por la escalera de anchas huellas, y los condujo al comedor, en donde hallaron servido un chocolate con apetitosas añadiduras: la leche, la manteca, la conserva de ciruela, las almibaradas golosinas.