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ST- ü; í S I L U E T A S DE A N T A Ñ O JESE al triunfante vagnerismo, la gente sale del teatro tarareando con delicia Za donna e móUle con el mismo entusiasmo que la romanza despertó al cantarla en la escena el tenor Mirate con sin igual arte, y á pc ar de haberla aprendido la víspera del estreno. Sabido es que Verdi, que cifraba en ella el éxito de su obra, no quiso darla á conocer hasta el instante imprescindible, por temor de que se divulgase antes de oirse por primera vez la ópera. El siglo actual todavía encontró vivo á Verdi. Cuando el ilustre maestro se durmió para siempre, no h a muchos años, contaba ochenta y siete de edad, disfrutando de una vejez robusta y fuerte, circunstancia puesta bien de manifiesto en su última ópera Falstaff, humorística y de una inspiración tan juvenil, que no parece brotada de un cerebro en su ocaso, tras de una existencia consagrada al arte. Falstaff se estrenó en 1893. Su primera obra, Oberto di San Bonifacio, lo fué en 1839. Entre el cambio de lugar de las dos últimas cifras se ha desarrollado la carrera lírica de Verdi. El 3 antes del g, es la esperanza de la gloria; el 9 antes del 3, es su definitiva realidad. En una figura de esta talla no podía faltar la parte anecdótica. Cuéntase de Verdi que la revelación de sus aficiones musicales ocurrió de novelesca manera. Tenía ocho años cuando, ayudando á misa en Busseto, oj ó por vez primera el órgano, produciéndole tal efecto, que se olvidó de su misión de acólito precisamente al ir á consumir el sacerdote, sin que las llamadas del cura con el cáliz preparado sacaran al chico de su éxtasis. Fué preciso un empujón que le derribó al suelo, hiriéndole, para que oyera otra cosa que las dulces melodías que bajaban del coro. Por fortuna para él y para el arte, los padres de Verdi comprendieron á su hijo; compráronle un mal piano, que el párroco de Roncoli, su pueblo natal, tenía arrinconado, y comenzó sus lecciones con el organista de Busseto. Como no podía menos de suceder, dados los años en que floreció Verdi, el período de última gestación de la unidad italiana, la política le contó también entre sus adeptos. Aparte del mérito de la obra, el ruidoso triunfo de Macheth debióse en parte al momento crítico en que apareció en escena. En tal e. streno se gritó: ¡Viva Verdi! pero también ¡Viva Italia! El viva Verdi llegó á ser un símbolo, y concluyó por prohibirse; porque escrito con un punto detrás de cada letra del apellido, al gritar ¡viva Verdi! se gritaba ¡viva Victorio Emmanuele, ré d Italia! Como político, no sacó gran cosa Verdi: un acta de diputado por Parma, debida á su amigo y admirador Cavour. Un detalle, para concluir, digno de mencionarse. El gran compositor que ha concluido sus días habiendo universalizado su nombre, el autor de tantas joyas líricas, el que ha dado de sí un Ótelo y una 1, isa de réquiem, ejecutada en el aniversario de la muerte de Mazzini, no fué admitido á cursar sus estudio- en el Conservatorio de Milán, teniendo que seguirlos privadamente con el maestro Earigna. DIBUJO DE REGIDOR ALFONSO P É R E Z NIEVA